Hace cuatro años, mientras conducía al trabajo junto con otros dos trabajadores, Narciso Valenzuela se perdió cerca de Three Points, en el camino a Sells. Fue entonces que la Patrulla Fronteriza los paró.
Al poco tiempo, Valenzuela y sus acompañantes estaban siendo acusados de ser mulas del narcotráfico y fueron trasladados a la estación de la Patrulla Fronteriza en East Golflinks Road. Ahí fueron interrogados y se les ordenó que firmaran los documentos de su autodeportación.
Valenzuela se negó y les aconsejó a los otros trabajadores que no firmaran.
“Tengo familia aquí y he vivido aquí por muchos años”, recuerda haberles dicho a los agentes. “Tengo el derecho de apelar y de tener un representante legal”.
Su historia no termina ahí, y volveré a ella más adelante.
Cuando Valenzuela recurrió a sus derechos, estaba poniendo en práctica lo que había aprendido en el Southside Worker Center (Centro Obrero del Sur de Tucsón), un lugar donde los jornaleros se reúnen de forma segura mientras esperan a ser contratados. Este centro, afiliado a la Iglesia Presbiteriana del Sur, en South 10th Avenue y West 23rd Street, es también un lugar en el que los trabajadores han organizado, han recibido y han dado orientaciones sobre los derechos legales y han prestado su tiempo como defensores de los migrantes.
El 24 de septiembre, los trabajadores y sus aliados celebraron 10 años.
Ha sido una década de lucha para ellos, la mayoría inmigrantes indocumentados, quienes frente al rechazo y la adversidad han logrado mantener su dignidad y respetarse. Estos trabajadores que lo han arriesgado todo han mostrado su fortaleza y la ética del trabajo arduo y la dedicación a su causa. Ellos realizan trabajos mal pagados y físicamente demandantes para poder pagar la renta y alimentar a su familia.
Hay algo muy valioso que podríamos aprender de ellos.
El centro de trabajo empezó con una mesita para jugar cartas bajo un mezquite en el estacionamiento de la iglesia. Por muchos años, en ese barrio de clase trabajadora de inmigrantes mexicanos, y familias mexicoamericanos y de las tribus yaqui y Tohono O’dham, los jornaleros eran contratados en la calle. Pero con el tiempo, la presencia de los trabajadores en las esquinas o en establecimientos comerciales esperando a ser contratados fue creando problemas con los vecinos.
Esos conflictos llevaron a un número creciente de llamadas a la Patrulla Fronteriza. Esto motivó a la iglesia, a la policía y a los funcionarios públicos de Tucsón y a buscar una solución. En el otoño del 2006, una mesa de baraja estaba puesta. El centro desarrolló y formó lentamente su base. Cuando se firmó la ley SB 1070 en el 2010, la vida cambió para muchos de los trabajadores.
Algunos jornaleros se fueron, pero muchos se quedaron y organizaron una red de protección para pelear contra la deportación. Aprendieron sobre el liderazgo y la organización. Aprendieron que tienen derechos, a pesar de la SB 1070.
También se dieron cuenta de su fuerza, a pesar de su situación legal. Muchas veces, cuando había trabajadores detenidos por la policía o por oficiales de migración, la red entraba en acción.
En un caso muy sonado hace tres años, una parada de tráfico se convirtió en una revisión migratoria. La red emitió una llamada que derivó en una cadena humana formada por activistas en contra de la SB 1070 alrededor de un vehículo de la Patrulla Fronteriza. El incidente escaló, y varios manifestantes fueron detenidos. Los trabajadores entendieron que ya no tenían por qué agacharse.
“Perdimos el miedo”, dijo Valenzuela, quien nació en Cajeme, una comunidad yaqui en el sur de Sonora, y llegó a Tucsón hace casi 20 años. Él y su esposa tienen tres niños.
Cuando Valenzuela estuvo detenido por la Patrulla Fronteriza y se negó a renunciar a sus derechos, fue enviado el centro de detención de Eloy, el cual es operado por una empresa privada. Fue liberado una semana después, cuando otros jornaleros y personas que los apoyan pagaron la fianza.
“Me amaré las tripas”, dijo él. “Así me lo llevo”.
Ahora tiene un permiso de trabajo. De 40 años de edad, Valenzuela tiene un empleo de medio tiempo y también sigue trabajando como jornalero. Y sigue teniendo en mente lo que le dijo al agente de la Patrulla Fronteriza el día que fue detenido:
“Yo no crucé la frontera. La frontera me cruzó a mí. Le dije que soy yaqui y que tengo derechos como persona indígena y como residente de Arizona”.



