Reportaje especial Más Allá del Muro: Nuestra frontera y el plan de Trump
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Un equipo de periodistas de La Estrella de Tucsón viajó por la frontera. Su objetivo: ir más allá de la retórica política y hablar con la gente que vive y trabaja a lo largo de la línea internacional.
- Redacción La Estrella de Tucsón
Redacción
La Estrella de Tucsón
El “hermoso muro” que el candidato presidencial republicano Donald Trump visualiza sería de 10 a 13 metros de alto y de casi 1,600 km de largo, con lo que cubriría aproximadamente la mitad de la frontera entre Estados Unidos y México. En el resto de la frontera, barreras naturales como ríos y montañas seguirán dividiendo a los dos países.
Trump calcula que el proyecto costaría 12 mil millones de dólares –aunque un estimado ubica el costo en 25 mil millones. Cualquiera que sea la cantidad, Trump dice que hará que México lo pague confiscando dinero de sus ciudadanos que viven en Estados Unidos y que envían recursos a sus familias en México.
No es fácil encontrar a alguien que viva en la frontera y que piense que un muro es la solución, ni siquiera entre aquellos que están de acuerdo con Trump en que la línea internacional no es segura. En cambio, muchos residentes de la frontera quieren una valla que tenga sentido en su área, con agentes y tecnología de vigilancia más cerca de la frontera, así como una vía para que los inmigrantes vengan a trabajar legalmente.
En más de la mitad de los 1,600 km (1,000 millas) en las que Trump quiere construir un muro ya existe una valla de postes de acero. En áreas remotas, donde la Patrulla Fronteriza quiere detener carros cargados de mercancía ilegal, hay barreras de vehículos, que casi llegan al pecho. En las ciudades, donde los inmigrantes tratan de escalar la valla y después correr, las barras de metal son más altas y difíciles de escalar.
Trump ha dado muy pocos detalles sobre su plan, pero en agosto del 2015 se refirió al muro diseñado con “hermosos y lindos tablones prefabricados”, lo que indica una pared sólida, la cual podría tomar el lugar de los varios cercos que ahora dividen la frontera.
Ya hemos estado aquí antes. En el 2006, seis periodistas del Arizona Daily Star y La Estrella de Tucsón viajaron por toda la frontera para analizar la viabilidad de la doble valla pedestre a lo largo de más de 1,120 km (700 millas) propuesta entonces a través de la Ley federal de la Valla de Seguridad (“Secure Fence Act”). La conclusión del equipo de reporteros fue que no funcionaría, dado que las barreras naturales como los ríos, cañones, montañas y arenas movedizas hacían imposible una valla continua.
El Congreso cambió un poco esa ley en 2008, ordenando al Departamento de Seguridad Nacional que construyera la cerca donde y como la dependencia la considerara necesaria.
En la primavera recién pasada, con el mensaje de Trump de construir un muro resonando tan fuerte que se convirtió en el nominado a la candidatura presidencial republicana, un nuevo equipo de periodistas del Arizona Daily Star y La Estrella de Tucsón volvió a la frontera. Su objetivo: ir más allá de la retórica política y hablar con la gente que vive y trabaja a lo largo de la línea internacional.
Muchas cosas han cambiado después de una década. La frontera ahora tiene 1,131 km (703 millas) de barrera -653 millas de valla lineal, y doble o triple línea en 50 de esas millas-, construida casi en su totalidad en los pasados 10 años a un costo de 2 mil 300 millones de dólares.
Y eso no incluye los casi 55 millones de dólares que cada año gasta Aduanas y Protección Fronteriza en mantener y reparar la valla, los caminos que conectan a ella, las luces y otra infraestructura.
A la vez que se levantó la cerca, el número de agentes de la Patrulla Fronteriza pasó de 12 mil a 20 mil, y el presupuesto anual de la dependencia prácticamente se duplicó a 4 mil millones de dólares. Miles de sensores de tierra, decenas de torres con cámara, helicópteros, aviones no tripulados (drones) y dirigibles ahora mantienen la vigilancia 24 horas al día.
Las detenciones de la Patrulla Fronteriza son la tercera parte de lo que eran hace 10 años, y las personas arrestadas tienen más probabilidades de ser procesadas. Por primera vez desde 2009, más mexicanos se están yendo de Estados Unidos que los que están viniendo.
Es imposible decir cuánto de eso se debe a la seguridad, puesto que la caída en la llegada de inmigrantes mexicanos coincide con una mejoría en la economía de México y las peores condiciones financieras de Estados Unidos desde la Gran Depresión de la década de los treintas.
Aun así, la gente viene.
Las huellas digitales marcan los altos palos de la valla que la gente escala para cruzar; miles de parches indican las reparaciones hechas después de que troques se atravesaran a toda velocidad; hay escaleras de madera apiladas en el suelo.
En una serie de viajes a la frontera durante la primavera y el verano, cuatro reporteros y dos fotógrafos de Daily Star/La Estrella hablaron con unos 100 residentes de ambos lados de la frontera, entre ellos rancheros, empresarios, ambientalistas, agentes de la Patrulla Fronteriza e investigadores, sobre el impacto y la viabilidad de un muro sólido.
El equipo encontró que algunas áreas que hace 10 años fueron consideradas como “imposibles de cercar” –por ejemplo un cañón en California y arenas movedizas en Yuma– fueron de hecho cercadas.
Con los cambios en la seguridad fronteriza en la década pasada, el equipo del Daily Star/La Estrella determinó que el muro que Trump propuso, “Un gran, gran muro”, ya está construido en ciertas formas, y construir el resto puede ser innecesario o inviable:
Las escarpadas montañas, los profundos cañones y serpenteantes ríos que aún no están cercados representan una barrera natural más efectiva que la que el hombre pudiera construir.
El tráfico ilegal se ha movido a áreas más ásperas en las que construir una valla sería extremadamente costoso y frenaría a los contrabandistas sólo por segundos en un viaje de varios días.
En Texas, el estado con menos valla, la frontera pasa por terrenos privados. Forzar a los propietarios de los terrenos a vender llevaría a elaboradas y costosas demandas.
Más allá de los retos de logística, ni el muro más alto resolvería el problema más serio en nuestra frontera:
Las drogas duras, una de las principales razones por las que Trump dijo que quiere un muro, entran mayormente por los 328 puertos de entrada legales de la frontera. Esas estaciones de cruce ven un flujo comercial de 500 mil millones al año y son utilizadas por muchos de los 15 millones de habitantes de la frontera entre México y Estados Unidos.
Un muro no detendría la ola actual de familias y niños centroamericanos que se entregan a la Patrulla Fronteriza en lugar de intentar evitar ser capturados.
No detendría a las personas que entran con visa y se quedan más tiempo del permitido, grupo, por cierto, que representa a casi la mitad de la población que vive en Estados Unidos sin autorización.
En pocas palabras, la valla que ya existe ha hecho ya prácticamente todo lo que cualquier valla puede hacer.
Diez años después de que un equipo de reporteros del Arizona Daily Star determinara que los cañones, montañas y ríos hacían casi imposible cercar la línea fronteriza entre México y Estados Unidos, un nuevo equipo de periodistas regresó para analizar el plan de Donald Trump de construir una "hermosa valla" (beautiful wall). Lee y ve lo que encontraron en la edición especial del domingo 10 de julio.
- Por Perla Trevizo La Estrella de Tucsón
Por Perla Trevizo
La Estrella de Tucsón
La frontera de Arizona con México es desierto, humedales, montañas escarpadas y ciudades que dependen de su vecino del Sur.
Tiene ríos que fluyen al Norte, una reserva indígena del tamaño del estado de Connecticut y algunas de las más grandes y remotas áreas silvestres de la nación.
Aproximadamente el 70 por ciento de la frontera del estado es conocida como el Sector Tucsón, el cual incluye siete montañas que alcanzan miles de metros de altura.
A los ojos del jefe del Sector Tucsón de la Patrulla Fronteriza, Paul Beeson, “Doscientas sesenta y dos millas quizá no parezcan muchas, pero cuando vas ahí y ves la aspereza, las montañas escarpadas, la densidad de la maleza, todo lo que hay en este lugar, no es una zona libre de problemas”.
Las detenciones en el sector ahora son las más bajas que ha habido desde 1991, pero se desconoce cuántas personas cruzan por ahí. La creciente seguridad en las áreas urbanas orilló el tráfico de personas hacia lo más inhóspito del desierto, donde hay menos vallas y el terreno es por sí mismo la barrera internacional.
Conforme el tráfico se dificulta con más valla de metal, más agentes y más tecnología, las líneas que separan el contrabando de humanos del de drogas se difuminan. El Cártel de Sinaloa, una de las células de narcotráfico más notorias del mundo, tomó el control.
La gente que vive en áreas remotas de la frontera ya no ve numerosos grupos de personas atravesando el terreno, tampoco se observan carros repletos de gente. Ahora la gente cruza en grupos pequeños, muchas veces con vestimenta de camuflaje y con unos botines con suela de alfombra para no dejar huellas.
Tráfico diario
Francine Pearl José vive a menos de 8 km de la frontera en la Reserva Tohono O’odham, al suroeste de Tucsón.
Su vecino más cercano está a más de 6 km (4 millas) de distancia. Por lo general están solo ella y su sobrino cuidando el ganado.
Desde que el tráfico empezó a desplazarse hacia el corredor del oeste a mediados de los noventas, dice Francine José, su propiedad ha sido invadida.
Al principio, dice, había “muchos carros. Era terrible, porque a veces iban rapidísimo”. En varias ocasiones estuvieron a punto de sacar del camino a su papá.
Pero eso se acabó cuando se instalaron tres tipos de cercos diseñados para evitar que los vehículos se metieran a la reserva Tohono O’odham, a lo largo de 120 km (75 millas) de la frontera con México.
Ahora, sin embargo, lo que más ve es a gente a pie.
“Cuando llegué esta mañana vi esas botellas, a un tipo por aquí y a la Patrulla Fronteriza llevándoselo en sus bicicletas”, dice, señalando los dos jarros negros de agua.
“Casi a diario viene alguien. Es algo a lo que ya prácticamente estamos acostumbrados”.
En el desierto, los agentes encuentran botes de gasolina, llantas de repuesto y bolsas de cemento que caen desde los carros que van de un lado a otro a través de la frontera, llenos de cientos de kilos de basura en una dirección y después remplazada por personas o drogas en el otro sentido.
Arizona funciona como el centro primario de distribución de drogas hacia Estados Unidos. Aunque la mayoría de la heroína y las metanfetaminas pasan por los puertos de entrada (las garitas), la mariguana generalmente es cruzada por el desierto. El Sector de Tucsón es responsable de la mitad de la mariguana decomisada por la Patrulla Fronteriza en el suroeste del país.
José señala el tanque de agua de 12 metros (40 pies) de altura detrás de su casa como un posible punto de referencia para el tráfico.
“Quizá ellos lo ven y les dicen que sigan hacia él”, dice.
A ella no le gustan las armas de fuego, pero ha tenido que armarse. Su casa constantemente era forzada para meterse en ella hasta que puso rejas en las ventanas y una puerta de fierro.
En un par de ocasiones, grupos de hombres que se veían como drogados se brincaron a la caja de su pick up en busca de un aventón hacia el Sur.
Nunca le ha pasado nada a su familia, pero los incidentes violentos de grupos robando a los cárteles están aumentando. En mayo, en un distrito cercano, un hombre envuelto en un enfrentamiento entre contrabandistas y un grupo que huía recibió dos balazos en la rodilla.
Tendencias cambiantes
No todo el tiempo ha sido así. A mediados de los ochentas y principios de los noventas el tráfico se concentraba El Paso y San Diego, donde era más fácil para la gente cruzar y subirse a la autopista.
El gobierno federal decidió reforzar la seguridad en esas áreas y detener el flujo. Funcionó, pero a costa de Arizona.
Para mediados de los noventas, los agentes de Nogales estaban realizando más de 100 mil detenciones al año.
En el primer mes del año fiscal 1996, los agentes de Douglas realizaron 67 arrestos, más que todas las detenciones del año fiscal anterior en todo el Sector Tucsón.
La respuesta oficial fue instalar altas vallas pedestres cerca de las ciudades, donde los agentes tienen minutos o segundos para detener a los inmigrantes antes de que salten a un carro o corran a una casa y los pierdan de vista.
Como resultado, los contrabandistas huyeron hacia áreas con menos seguridad, y las detenciones y las muertes se incrementaron en lugares desolados como la Nación Tohono O’odham y en terrenos públicos.
Para 1998, el Sector Tucsón era el más activo del país.
Había carros atravesando y dañando el sensible ambiente. Crecieron cerros de basura. Al poco tiempo, miles de agentes perseguían a quienes cruzaban y creaban nuevos caminos.
Diez años después de la Ley de Valla Segura, que obligó al gobierno federal a construir la valla fronteriza en más de 1,100 km, el 80 por ciento de toda la frontera de Arizona tiene algún tipo de barrera.
El cerco de acero cruzado a la altura del pecho se utilizó en áreas rurales donde los carros pesados eran la principal preocupación. Los barrotes de acero estilo Normandía se instalaron cerca de ríos para permitir el flujo del agua.
Pero el mismo terreno que el gobierno pensó que desanimaría a la gente de intentar hacer el viaje también ha hecho la frontera más difícil para instalar la valla y patrullar. Alrededor de 106 km (65 millas) en Arizona –80 (49 millas) de ellos en el Sector Tucsón– no tienen más barrera que un alambre de púas o las montañas.
LA VIDA DE UN RANCHERO
Jim Chilton tiene un rancho de 20,234 hectáreas que incluye un estrecho rincón de la frontera entre México y Arizona en el Valle de Altar.
Cuando él y su esposa, Sue, no están en Washington testificando o reuniéndose con miembros del Congreso, están afuera checando la pastura y el ganado.
Con regularidad les muestran a los medios la porosa frontera cerca de ellos.
Su casa queda a dos horas en carro de la línea internacional –a sólo unos 16 km, pero de un terreno empinado y sinuoso y con caminos en mal estado.
“Lo conozco de pies a cabeza”, dijo el ranchero de quinta generación. “He manejado por este camino miles de veces”.
Maneja hasta el punto donde sus tierras comparten unos 8 km con México. Menos de 1.5 km tienen barrotes Normandía; el resto es una valla de alambre de púas de cuatro hilos.
“¿Te das cuenta qué tan fácil es pasar por la valla? Hasta una persona de 77 años puede hacerlo fácilmente”, dice mientras pasa a gatas por debajo del alambre levantado.
La valla termina al oeste del Puerto de Entrada Mariposa, a medida que va descendiendo hacia un profundo cañón. Se reanuda a unos 40 km al oeste, cerca de Sasabe.
Aquí no hay señal para teléfonos celulares, incluso la radio comunicación es deficiente. Un helicóptero puede sobrevolar el área donde un par de agentes están hablando y es imposible que se escuchen entre ellos. No muy lejos de aquí, el agente de la Patrulla Fronteriza Brian Terry fue asesinado en el 2010 en un cañón remoto por donde su equipo pasó ante un grupo armado.
Chilton siempre lleva consigo un rifle y una escopeta.
“He visto a espías de los cárteles aquí y en aquella montaña de allá viéndonos”, dice, mientras camina el último tramo hacia la frontera con sus botas, su sombrero y su chaleco de cuero negro.
Los ganaderos de este rumbo hablan de robos, de haber hallado paquetes de mariguana en su propiedad, de correr a los drogueros, como los llaman, y de inmigrantes desaparecidos o ya muertos.
Las cámaras de Chilton, que se activan con el movimiento, con frecuencia captan a pequeños grupos de hombres, generalmente avanzando hacia el sur y algunas veces armados.
“Aquí están los binoculares que esos drogueros dejaron”, dice Chilton mientras se baja de su camioneta. “Ellos me estaban viendo a mí con ellos”.
A pesar de todos los encuentros, nunca ha tenido que usar su rifle. Lo último que quiere un traficante es llamar más la atención por matar a un ranchero, como lo ocurrido después de que fuera baleado Robert Krentz, del vecino Condado Cochise, hace seis años. El caso sigue sin ser resuelto.
Desde la perspectiva de Chilton, los agentes deberían estar más cerca de la frontera. Deberiá de haber un camino hacia el Este y el Oeste a lo largo de la línea internacional, en el cual la Patrulla Fronteriza está trabajando, dice Beeson, de la misma agencia. Beeson resaltó que el 75 por ciento de los arrestos en el Sector Tucsón se realizan a 32 km de la frontera. Se necesitaría 22 mil agentes sólo para el Sector Tucsón si todos estuvieran estacionados junto a la línea, dice.
A Chilton le gustaría ver un muro para que fuese más difícil para los contrabandistas de drogas el pasar sus cargas, pero sabe que eso por sí solo no resolvería el problema.
Su vecino, Lyle Robinson, ganadero y veterinario local, dice que él quiere por lo menos la barrera vehicular que tiene la reserva de los Tohono O’odham.
“Cuando ellos van de la frontera a mi propiedad, cortan cuatro cercos míos”, dice. “Quiero un buen cerco que mantenga dentro a nuestro ganado”.
Ambos ganaderos quieren una base de operaciones avanzadas pegada a la frontera en la que los agentes duerman y trabajen por varios días. Chilton incluso propuso rentarle a la Patrulla Fronteriza 10 acres de su terreno por 1 dólar al año.
El sector tiene cuatro bases, y eso es todo lo que necesita por ahora, dice Beeson. Además, la falta de caminos e infraestructura en el área no se presta para una base.
Los ganaderos también quieren más tecnología en la frontera. Hay varias cámaras fijas en el área, entre ellas una en Ruby Road, no muy lejos de la casa de Chilton, pero en todo el rededor hay colinas y arroyos con densa vegetación.
“Mira a tu alrededor”, dice Chilton. “¿Pueden decir que hay alguien moviéndose por ese camino? Los cárteles saben exactamente por dónde caminar para que las cámaras no los vean”.
Y más allá de todo eso, los rancheros del área dicen que quieren un programa de trabajadores temporales que les permita a los inmigrantes cruzar la línea para venir a trabajar y después regresarse a su casa.
UNA VISTA DESDE ARRIBA
Sobre las montañas y vastas extensiones planas, los helicópteros y aeronaves no tripuladas funcionan mejor.
“Desde aquí puedo verlo todo”, dice Michael Montgomery, supervisor de operaciones en el área de Tucsón de Operaciones Aéreas y Marinas de Aduanas y Protección Fronteriza, mientras vuela sobre la reserva.
A principios del verano de este 2016, un helicóptero ubicó a 10 hombres presumiblemente narcotraficantes escondidos a un lado de la montaña en la parte occidental del Monumento Nacional Organ Pipe Cactus. Sin el helicóptero, les habría tomado horas a los agentes llegar hasta ahí.
Organ Pipe tiene torres, decenas de camiones de la Patrulla Fronteriza y una base de operaciones avanzadas cerca de la frontera, pero el trecho entre él y el Refugio Silvestre Cabeza Prieta (Cabeza Prieta Wildlife Refuge) es uno de los más brutales y desolados del país.
No muy lejos de aquí, 14 inmigrantes fueron hallados en mayo de 2001 un día en el que las arenas del desierto llegaron a 130 grados Fahrenheit. Estaban a 40 km de la frontera; la carretera más cercana estaba a 80 km de donde el coyote los dejó.
El año pasado, 15 cuerpos fueron recuperados de Cabeza, también cubierto por el Sector Yuma, dice Sid Slone, gerente del refugio.
En algunas áreas la frontera está a menos de 2 km, pero apenas sales del carro y empiezas a caminar todo se ve igual. No hay manera de hacer una caminata rápida, pues a cada tantos pasos la pierna se hunde hasta la rodilla.
El clima también es engañosamente despiadado. Una brisa fresca y alguna nube rápidamente se alejan dejando un calor sofocante.
Un día en junio, cuando la temperatura de tres dígitos rompió récord, todas las ramas de Aduanas y Protección Fronteriza –la Patrulla Fronteriza, la Oficina de Operaciones de Campo y Operaciones Aéreas y Marinas– trabajaron juntas para atender casi una docena de llamadas al 911 de gente que quería entregarse y pedir ayuda. La mayoría fueron desde Cabeza y Organ Pipe.
Para ese momento, los inmigrantes ya habían caminado unos 100 km tan sólo del lado estadounidenses. Mucas veces se quedan sin comida ni agua, ante la imposibilidad de llevar suficiente para un viaje de narios días.
Desde 2001 se han encontrado casi 2,500 restos en el sur de Arizona.
Mike Christy / La Estrella de Tucsón
Un vehiculo de la Patrulla Fronteriza estacionado sobre una loma al norte del la vecindad Buenos Aires de Nogales, Sonora. La combinación de agentes, luces y tecnología ha creado retos para el contrabando de drogas y humanos por la frontera. Pero la valla no ha sido una respuesta completa para el tráfico ilegal.
- Mike Christy / La Estrella de Tucsón
- Por Perla Trevizo La Estrella de Tucsón
Por Perla Trevizo
La Estrella de Tucsón
NACIÓN TOHONO O’ODHAM.— Las barreras de acero forman una línea en la mayor parte de los 120 kms. de los límites al sur de la Nación Tohono O’odham. Pero, ¿un muro?
“Sobre mi cadáver”, dice Verlon José, vicepresidente de la nación.
“Somos animales que emigramos una y otra vez, y cuando empiezas a afectar a un animal, todo el sistema ecológico cambiará”, dice el jefe de la tribu, Edward Manuel. “Las plantas que crecen aquí dependen de algunos de los animales, los animales dependen unos de otros y nosotros tenemos que confiar en todos ellos para poder sobrevivir en nuestro estilo de vida”.
Además, “las barreras artificiales nunca van a detener el tráfico humano, la gente encontrará una forma de traspasarlas”.
Lo que él espera es que el gobierno logre una reforma migratoria integral.
Con el paso de los años, la reserva ha quedado atrapada en medio del tráfico ilegal y de la aplicación de la ley.
La reserva, de casi el tamaño del estado de Connecticut, tiene una escasa población de unos 30 mil miembros de la tribu y una vasta vegetación que incluye altos saguaros, mezquites y creosota.
Antes del cerco se utilizaban decenas de camiones pesados para crear diariamente una barrera vehicular en camino al norte.
Entonces sucedió el 9/11, seguido por la Ley de la Valla de Seguridad del 2006, que ayudó a instalar mayores barreras en casi toda la frontera. El cerco de tres cabos e alambre de púas fue sustituido por postes metálicos a la altura de la cintura.
“Nosotros somos más viejos que los límites internacionales con México y no tuvimos ningún papel en la creación de la frontera”, testificó el ex presidente de la nación Ned Norris Jr. ante el Congreso en 2008. “Pero ahora nuestra tierra está cortada a la mitad, con comunidades O’odham, sitios sagrados, rutas de peregrinación y familias divididas”.
El tráfico, los carteles y los cientos de agentes y la tecnología han cambiado el estilo de vida de los O’odham.
Algunos miembros dejaron de cruzar la frontera para evitar el fastidio. Los viajes a ceremonias en México son más tardados. Los miembros de la tribu no pueden salir a cazar sin toparse con un agente de la Patrulla Fronteriza.
Las detenciones han disminuido, pero el corredor del oeste sigue siendo transitado, especialmente con cargas de drogas. Se desconoce cuántas personas en realidad cruzan.
Ahora está en marcha un plan para 15 torres de vigilancia entre los distritos fronterizos Chukut Kuk y Gu-Vo.
‘ZONA DE GUERRA’
El endurecimiento de la seguridad fronteriza en las ciudades en los años ochentas y noventas provocó un mayor tráfico a través de la reserva.
Las casas fueron atracadas, dice José. Recuerda un incidente en el que una persona mayor fue atada, golpeada y robada.
“Aquí afuera parecía zona de guerra, con vehículos abandonados”, dice. “Donde fuera que hubieran sido atrapados, los abandonaban y huían”.
El concejo tribal pidió ayuda a Washington. Primero llegaron más agentes, después la valla.
“No hicimos este trato de la noche a la mañana”, dice José, sino que ellos estuvieron de acuerdo en una barrera vehicular que permitiera la vida silvestre.
A través de la Venta de la Mesilla (o Gadsden Purchase) en 1853, el territorio O’odham fue dividido casi a la mitad entre los dos países. Pero esa división nunca fue tan visible como cuando instalaron la valla.
Ofelia Rivas, una activista mayor que vive en el distrito Gu-Vo, recuerda el estruendoso sonido de cuando los trabajadores insertaban los postes de acero en el concreto como a 1 km de su casa.
“Yo le decía a la gente que era la Madre Tierra llorando porque estaban cavando hoyos, poniendo ahí ese metal”.
En el 2006, Rivas le dijo al Arizona Daily Star que una valla triplicaría la distancia hacia un sitio sagrado al otro lado de la frontera a través del puerto de entrada más cercano en Lukeville. Y así ha sido, dice.
Los disminuidos pueblos mexicanos se aislaron aún más.
Los miembros de la tribu utilizan tres entradas que quedan a lo largo de la frontera. Algunos han dejado de usar una de ellas para evitar los cárteles del otro lado, y otra fue cerrada en un viaje reciente, aunque los líderes dicen que el agente de la Patrulla Fronteriza la abre cuando se necesita. Las más comúnmente utilizada es la entrada San Miguel, al sur de Sells, pero en marzo, una familia de ganaderos mexicanos dijo que eran dueños de esas tierra e instalaron un portón del otro lado. No está bajo llave, pero los miembros de la tribu están preocupados.
Para Francisco Valenzuela, quien cruza varias veces a la semana para traer agua o alimentos, la valla no ha ocasionado mayores problemas.
“Esto es lo que pasó después del 9/11”, dice después de estacionar su camioneta por la entrada San Miguel para mostrar su identificación al agente fronterizo. “Es un trastorno cuando te detienen aquí por 30 o 45 minutos mientras buscan tu nombre. Si hay viento, no pueden acceder al sistema y se quedan sentado en su vehículo con aire acondicionado mientras uno está sentado aquí”.
Pero él se las arregla.
Algunos O’odham han traído a sus familiares viejos al lado estadounidense para evitar los inconvenientes, y algunos han dejado de visitarlos.
“Solíamos levantarnos temprano y manejar ahí, porque sabíamos que mucha gente y nuestros abuelos son de ahí”, dice Francine Pearl José, prima de Verlon.
“Ahora si vas tienes que tener tu identificación, mostrar prueba de todo”, dice. “Yo mejor ya no voy, porque no quiero batallar con todo eso”.
ES NUESTRO HOGAR
Cuando estábamos chicos, en la reserva “montábamos a caballo, poníamos cercos, trabajábamos duro”, dice Verlon José. Escalaban las montañas, pero eso ya no lo pueden hacer los niños.
En una visita reciente, un grupo de líderes O’odham encontraron una mochila de camuflaje, con un par de botas con suela de alfombra y una chamarra de cuero café. “No sabes a qué te puedes enfrentar”, dice.
Aun así, la reserva es su hogar, dice Rivas, del distrito Gu-Vo.
“Se te ve la Patrulla Fronteriza, te dicen ‘no deberías estar aquí, es peligroso’. Pero esta es la tierra donde crecí”, dice.
Cerca de su casa hay una colina donde la Patrulla Fronteriza estaciona una camioneta con una cámara. La agencia quiere poner una cámara fija más arriba. Dependiendo de la ubicación, las torres alcanzarían visión hasta a 24 km.
“No sé cómo decirlo en inglés”, dice Rivas. “Es devastador. Interfiere con toda nuestra tierra, con los animales, las plantas, con nuestros sitios sagrados”.
El líder de su distrito se opone a las torres, que son parte de un plan más amplio de tecnología en Arizona. En una cara a Aduanas y Protección Fronteriza, el jefe distrital de Gu-Vo, Rodrick Manuel Sr., escribió que la presencia de la Patrulla Fronteriza ha dañado la flora y la fauna y que la dependencia no ha proporcionado suficiente información sobre el impacto.
“Es nuestra responsabilidad proteger nuestras tierras y montañas, puesto que ellas nos han protegido a nosotros desde el inicio de los tiempos”, escribió Manuel.
Pero el jefe de la tribu les ha dicho que trabajen con la Patrulla Fronteriza para hallar alternativas.
El vecino distrito Chukut Kuk ya aprobó el proyecto.
Kendall José, vicepresidente del distrito e hijo de Verlon, se refirió a un incidente reciente en el que la policía del tribu y la Patrulla Fronteriza buscaban a un grupo de hombres armados.
“Pienso que si hubieran tenido la ayuda de la cámara, eso les había ayudado en ese momento, un ojo más buscándolos”, dice. De los tres sospechosos, los agentes atraparon sólo a uno.
ABUNDAN LOS AGENTES
Cuando Manuel se reincorporó al concejo de la tribu en el 2009, una de las grandes quejas que escuchó fue que los agentes estaban cortando las vallas de ranchos y metiendo los vehículos por todas partes.
“Ahora hay un área en el oeste donde se les complica encontrar animales de caza porque la Patrulla Fronteriza que está en todas las distintas áreas asustan a los grandes animales de caza”, dice.
Los miembros de la tribu ya no pueden cazar sin que se active un sensor, dice Richard Saunders, director de seguridad pública de la tribu y ex agente policiaco. De repente, un helicóptero los sobrevuela o llegan los oficiales.
Muchos cuentan historias de miembros de la tribu cosechando saguaros y siendo confrontados por agentes que les exigen que se identifiquen y que expliquen qué están haciendo. O de haber sido orillados porque su camioneta fue reportada como sospechosa. O de haber sido detenidos en alguno de los tres puntos de revisión que rodean a la reserva.
“Estamos bajo vigilancia constante”, dice Rivas. También hay dos centros de seguridad en la reserva donde trabaja la Patrulla Fronteriza.
Pero, o es la Patrulla Fronteriza o es el tráfico ilegal.
“La comunidad es impactada a diario, con gente tocando las puertas, pidiendo comida y agua”, dice Saunders. “Hace tan sólo unas semanas recuperamos un cadáver aquí”, dice.
Hace poco, Francine Pearl José vino a casa alrededor de las 6 p.m. y encontró a un hombre con ropa de camuflaje durmiendo bajo la ramada. Su nieto de 5 años de edad creyó que era un integrante del Army, pero el hermano mayor del niño pronto aclaró que era de los cárteles.
Tuvo que llamar dos veces a la Patrulla Fronteriza antes de que fueran a recogerlo a las 11 p.m.
Los grupos delictivos se están volviendo más violentos y metiéndose más al norte.
“La principal amenaza para la comunidad es verse involucrada, ya sea albergando o transportando el contrabando”, dice Saunders.
En una reserva azotada por la pobreza, la tentación es fuerte.
Pero el problema es demasiado grande para que la tribu o la Patrulla Fronteriza lo resuelvan por sí solos. “No estoy 100 por ciento a favor de la Patrulla Fronteriza, pero sí apoyo 100 por ciento el trabajo en conjunto”, dice Verlon José.
Los líderes distritales se reúnen regularmente con los agentes para hablar de los problemas, y las cosas están mejorando, dice Elaine Delahanty, presidenta del distrito Chukuk Kut. Los líderes de la tribu les avisan a la Patrulla Fronteriza de sus planes de reuniones o cuando van a introducirse en áreas remotas. Los agentes se han ido involucrando más con la comunidad.
Pero para algunos, es un camino largo hacia la armonía entre los dos grupos.
Rivas lleva puesta una pulsera verde con la palabra “autonomía” grabada en ella. “Es un recordatorio de que somos autónomos”, dice.
“Estamos conectados con nuestra tierra de origen, ya sea en México o en Estados Unidos. Ahí es donde tenemos nuestros entierros sagrados, nuestras ceremonias, nuestras comunidades. Ninguna frontera va a borrar eso”.
- Por Curt Prendergast La Estrella de Tucsón
Por Curt Prendergast
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SAN LUIS RÍO COLORADO, SON. — El albergue para las personas deportadas está a 10 minutos caminando desde la línea.
Pero los registros del albergue muestran que la gente que está aquí y que de nuevo intentará cruzar a Estados Unidos no pretende hacerlo por este lugar. Una y otra vez, su destino está a 150 millas al oeste, en Tijuana.
“Ya casi no cruzan por aquí”, dice Olga Escalante, subdirectora de la Casa del Migrante la Divina Providencia.
La mayoría de quienes lo hacen son familias centroamericanas que se entregan a la Patrulla Fronteriza.
El Sector Yuma es el estandarte dorado de las fuerzas de seguridad fronteriza, en gran medida gracias a los 56 kms. (35 millas) de valla que corre a lo largo del Río Colorado y avanza hacia el Oeste hacia las Dunas Imperiales de Arena –lugares que en 2006 la Patrulla Fronteriza dijo que eran muy difíciles de cercar. Hacia el Este, la valla avanza por el desierto hasta que topa con las montañas.
El centro de San Luis, Arizona, es una fortaleza, con 8 millas de valla de tres capas y casi dos millas de iluminación tipo estadio entre las dos primeras barreras. Los 800 agentes de la Patrulla Fronteriza del Sector Yuma están estacionados a lo largo de la zona de seguridad y están siempre presentes en las calles de San Luis y de las otras ciudades del sector.
Escalante y varios migrantes del albergue dicen que la valla de tres capas, el uso de tecnología de vigilancia y las condenas en prisión para quienes son detenidos en el Sector Yuma intentando volver a cruzar hacen de San Luis un punto de cruce inhóspito.
Ubaldo Gutiérrez, de 39 años de edad, acaba de ser deportado y no cree que tenga buenas oportunidades de cruzar por aquí.
“La valla es más alta, hay más vigilancia, los aviones no tripulados andan por ahí viéndolo todo, hay helicópteros y agentes por todas partes. Es muy difícil”, dice Gutiérrez.
Otro hombre en el albergue, Eduardo Lucas, de 23 años, se dirige a Tijuana tras haber sido deportado para intentar de nuevo reunirse con su familia en San Diego.
Los padres de Lucas lo llevaron de Michoacán a San Diego cuando él tenía 7 años. Después de terminar la preparatoria se puso a trabajar como cocinero.
Pero una detención de la policía mientras manejaba bajo la influencia del alcohol, más lo que él llama fraude de su abogado, lo llevó a la deportación en abril por San Luis Río Colorado.
“Aquí es difícil, y si te agarra te dejan un tiempo” tras las rejas, dice Lucas. Como parte del régimen de seguridad aumentado, el Sector Yuma fue una de las primeras áreas fronterizas en adoptar la Operación Streamline, un programa federal que enjuicia a quienes entran de forma ilegal.
Con la amenaza de la cárcel en el área de San Luis, él cree que tiene mejores oportunidades de evadir la prisión si intenta volver a cruzar por el sur de California.
“Mi familia está allá, así es que tengo que volver a intentarlo”, dice. “No conozco nada de aquí, me fui cuando estaba muy chico. Todo es nuevo”.
Gran parte del creciente esfuerzo de seguridad en el Sector Yuma empezó en el 2005, con 138 mil 500 detenciones que le dieron al sector uno de los índices más altos de la frontera entre Estados Unidos y México. Después de construir más valla, poner más agentes e implementar un estricto programa de acción penal, las detenciones cayeron a siete mil en el 2015.
Escalante ha visto un aumento en el número de casos como el de Lucas, quien fue arrestado en California y deportado en San Luis Río Colorado.
La Patrulla Fronteriza del Sector San Diego deporta a algunos mexicanos detenidos ahí a través de San Luis bajo el Programa Transferencia de Salida de Extranjeros (Alien Transfer Exit Program), dice el vocero de la Patrulla, John Lawson. El programa intenta reventar las redes de contrabando al deportar a la gente lejos de donde fue detenida.
Con el alza de la seguridad fronteriza y las deportaciones, el albergue de San Luis está generalmente lleno de deportados, así como de algunos migrantes que se dirigen al norte procedentes del sur de México y Centroamérica.
El registro que Escalante mantiene en el albergue indica que el número de inmigrantes que se quedaron ahí creció a más del 100 por ciento, de 13 mil en 2006 a 27 mil en 2013. El año pasado la cifra bajó a 23 mil.
A pesar de las dificultades aparentemente insuperables, la gente sigue cruzando por la vaya de tres capas, trepando con una escalera o a veces con ganchos para escalar.
Y los narcotraficantes siguen viendo a San Luis Río Colorado y al Sector Yuma como un corredor de contrabando. Aunque la migración ilegal cayó estrepitosamente, la cantidad de mariguana incautada por los agentes creció en los últimos 10 años, de 46 mil libras en 2006 a 53 mil en 2015. Los agentes también confiscaron 643 libras de metanfetaminas el año pasado, algo inusual puesto que la mayor cantidad de drogas duras se descubre en las garitas de cruce legal.
Los contrabandistas de drogas tratan de sacar la vuelta a las vallas cavando túneles, entre ellos uno que surgió bajo una tienda en el centro de San Luis, Arizona, en el 2012. También envían aviones no tripulado sobre la frontera o avientan paquetes de droga sobre el cerco utilizando un cañón. En abril, la Patrulla Fronteriza vio tantos drones que contrabandeaban droga en el área de Yuma que emitió un aviso público.
Conforme hubo menos mexicanos intentando cruzar la frontera de forma ilegal, llegaron más de Honduras, Nicaragua y otros países de Centroamérica.
En el 2006, prácticamente todas las detenciones de inmigrantes ilegales en el Sector Yuma fueron de mexicanos. Para el 2015, aproximadamente la mitad de los detenidos eran de países distintos a México, la mayoría de Centroamérica.
Recientemente, el número de personas detenidas con más miembros de su familia se ha disparado. Desde octubre, en el Sector Yuma se han detenido a 2 mil 900 personas viajando en familia, seis veces más que en el mismo periodo del año fiscal 2015. Los niños no acompañados detenidos por agentes se han quintuplicado, de 363 a más de 1,700.
En el escenario más común, los agentes encuentran a las familias centroamericanas en la primera de las tres vallas, donde se entregan, dice el agente de la Patrulla Fronteriza Richard Withers.
Escalante dice que la mayoría de la gente que llega a su albergue está en busca de una forma de reunirse con su familia.
“Dejaron allá sus familias y no pueden regresar. Por supuesto que lo van a volver a intentar, ¿qué no?”, cuestiona.
La gente que llega la albergue le cuenta de la violencia y falta de empleos en sus lugares de origen.
“Es muy doloroso para ellos. Uno ve una gran cantidad de tristeza aquí”, dice.
Gutiérrez fue deportado por San Luis a principios de abril. Después de salir de su natal Guanajuato, México, pasó 15 años en Stockton, California, con su familia, trabajando en los campos agrícolas cercanos.
Dice que se metió en problemas cuando trató de arreglar sus papeles migratorios. Como resultado, le dijeron que tenía que salir de Estados Unidos por 10 años.
“Mi familia está allá, sufriendo en California”, dice. “Quiero ir a casa para ayudarlos, pero no puedo”.
A Gutiérrez ya no le queda dinero para pagar a un coyote, así es que está buscando una forma de cruzarse por su cuenta.
Dice que por mientras buscará un trabajo en México. Pero eso no significa que renuncia a la idea de volver a Estados Unidos.
“Lo que allá ganas en un día”, dice, “aquí no lo ganas ni en una semana”.
El Río Bravo se ondula al oeste del puerto de entrada de Hidalgo, Texas. La foto fue tomada el 19 de mayo, 2016. En muchas partes de la frontera, los ríos, montañas y el desierto funcionan como barreras naturales.
- Mike Christy / La Estrella de Tucsón
Mamta Popat / La Estrella de Tucsón
Un letrero indica la frontera con México en la Nación Tohono O’odham el 2 de junio. La frontera divide la tribu entre Estados Unidos y México. Algunos O’odham han traido sus familares al norte.
- Mamta Popat / La Estrella de Tucsón
Mamta Popat / La Estrella de Tucsón
La valla entre Estados Unidos y México termina en una cordillera en el pueblo O’odham de Ali Jegk en Arizona. Miembros de la tribu usan tres puertas para cruzar a México para visitar familiares.
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Mamta Popat / La Estrella de Tucsón
Francisco Valenzuela Sr. presenta identificación de la tribu al agente de la Patrulla Fronteriza Carlos Ortiz, antes de regresar a México con agua y comida por la puerta San Miguel en la Nación Tohono O’odham el 2 de junio.
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John Ladd es un ranchero de cuarta generación. Vive cerca de Naco, Ariz. Su propiedad queda 60 pies de la frontera con México. Dice que ha habido mucho daño a su propiedad por los narcotraficantes, migrantes y la Patrulla Fronteriza.
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El ranchero Tony Sedgwick, izq., habla con un hombre sentado al otro lado de la valla en Nogales, Sonora, al oeste de Nogales, Ariz., el 22 de abril. Los rancheros en Arizona, como Sedgwick, hablan de robos y daños a sus terrenos y animales. Pero no todos apoyan una valla por la frontera.
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Un agente de la Patrulla Fronteriza con un sospechoso de narcotráfico en custodia, después de que un grupo fue descubierto en una cordillera cerca del Monumento Nacional Organ Pipe Cactus, al suroeste de Ajo, Ariz., el 13 de abril.
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- Redacción La Estrella de Tucsón
Redacción
La Estrella de Tucsón
El “hermoso muro” que el candidato presidencial republicano Donald Trump visualiza sería de 10 a 13 metros de alto y de casi 1,600 km de largo, con lo que cubriría aproximadamente la mitad de la frontera entre Estados Unidos y México. En el resto de la frontera, barreras naturales como ríos y montañas seguirán dividiendo a los dos países.
Trump calcula que el proyecto costaría 12 mil millones de dólares –aunque un estimado ubica el costo en 25 mil millones. Cualquiera que sea la cantidad, Trump dice que hará que México lo pague confiscando dinero de sus ciudadanos que viven en Estados Unidos y que envían recursos a sus familias en México.
No es fácil encontrar a alguien que viva en la frontera y que piense que un muro es la solución, ni siquiera entre aquellos que están de acuerdo con Trump en que la línea internacional no es segura. En cambio, muchos residentes de la frontera quieren una valla que tenga sentido en su área, con agentes y tecnología de vigilancia más cerca de la frontera, así como una vía para que los inmigrantes vengan a trabajar legalmente.
En más de la mitad de los 1,600 km (1,000 millas) en las que Trump quiere construir un muro ya existe una valla de postes de acero. En áreas remotas, donde la Patrulla Fronteriza quiere detener carros cargados de mercancía ilegal, hay barreras de vehículos, que casi llegan al pecho. En las ciudades, donde los inmigrantes tratan de escalar la valla y después correr, las barras de metal son más altas y difíciles de escalar.
Trump ha dado muy pocos detalles sobre su plan, pero en agosto del 2015 se refirió al muro diseñado con “hermosos y lindos tablones prefabricados”, lo que indica una pared sólida, la cual podría tomar el lugar de los varios cercos que ahora dividen la frontera.
Ya hemos estado aquí antes. En el 2006, seis periodistas del Arizona Daily Star y La Estrella de Tucsón viajaron por toda la frontera para analizar la viabilidad de la doble valla pedestre a lo largo de más de 1,120 km (700 millas) propuesta entonces a través de la Ley federal de la Valla de Seguridad (“Secure Fence Act”). La conclusión del equipo de reporteros fue que no funcionaría, dado que las barreras naturales como los ríos, cañones, montañas y arenas movedizas hacían imposible una valla continua.
El Congreso cambió un poco esa ley en 2008, ordenando al Departamento de Seguridad Nacional que construyera la cerca donde y como la dependencia la considerara necesaria.
En la primavera recién pasada, con el mensaje de Trump de construir un muro resonando tan fuerte que se convirtió en el nominado a la candidatura presidencial republicana, un nuevo equipo de periodistas del Arizona Daily Star y La Estrella de Tucsón volvió a la frontera. Su objetivo: ir más allá de la retórica política y hablar con la gente que vive y trabaja a lo largo de la línea internacional.
Muchas cosas han cambiado después de una década. La frontera ahora tiene 1,131 km (703 millas) de barrera -653 millas de valla lineal, y doble o triple línea en 50 de esas millas-, construida casi en su totalidad en los pasados 10 años a un costo de 2 mil 300 millones de dólares.
Y eso no incluye los casi 55 millones de dólares que cada año gasta Aduanas y Protección Fronteriza en mantener y reparar la valla, los caminos que conectan a ella, las luces y otra infraestructura.
A la vez que se levantó la cerca, el número de agentes de la Patrulla Fronteriza pasó de 12 mil a 20 mil, y el presupuesto anual de la dependencia prácticamente se duplicó a 4 mil millones de dólares. Miles de sensores de tierra, decenas de torres con cámara, helicópteros, aviones no tripulados (drones) y dirigibles ahora mantienen la vigilancia 24 horas al día.
Las detenciones de la Patrulla Fronteriza son la tercera parte de lo que eran hace 10 años, y las personas arrestadas tienen más probabilidades de ser procesadas. Por primera vez desde 2009, más mexicanos se están yendo de Estados Unidos que los que están viniendo.
Es imposible decir cuánto de eso se debe a la seguridad, puesto que la caída en la llegada de inmigrantes mexicanos coincide con una mejoría en la economía de México y las peores condiciones financieras de Estados Unidos desde la Gran Depresión de la década de los treintas.
Aun así, la gente viene.
Las huellas digitales marcan los altos palos de la valla que la gente escala para cruzar; miles de parches indican las reparaciones hechas después de que troques se atravesaran a toda velocidad; hay escaleras de madera apiladas en el suelo.
En una serie de viajes a la frontera durante la primavera y el verano, cuatro reporteros y dos fotógrafos de Daily Star/La Estrella hablaron con unos 100 residentes de ambos lados de la frontera, entre ellos rancheros, empresarios, ambientalistas, agentes de la Patrulla Fronteriza e investigadores, sobre el impacto y la viabilidad de un muro sólido.
El equipo encontró que algunas áreas que hace 10 años fueron consideradas como “imposibles de cercar” –por ejemplo un cañón en California y arenas movedizas en Yuma– fueron de hecho cercadas.
Con los cambios en la seguridad fronteriza en la década pasada, el equipo del Daily Star/La Estrella determinó que el muro que Trump propuso, “Un gran, gran muro”, ya está construido en ciertas formas, y construir el resto puede ser innecesario o inviable:
Las escarpadas montañas, los profundos cañones y serpenteantes ríos que aún no están cercados representan una barrera natural más efectiva que la que el hombre pudiera construir.
El tráfico ilegal se ha movido a áreas más ásperas en las que construir una valla sería extremadamente costoso y frenaría a los contrabandistas sólo por segundos en un viaje de varios días.
En Texas, el estado con menos valla, la frontera pasa por terrenos privados. Forzar a los propietarios de los terrenos a vender llevaría a elaboradas y costosas demandas.
Más allá de los retos de logística, ni el muro más alto resolvería el problema más serio en nuestra frontera:
Las drogas duras, una de las principales razones por las que Trump dijo que quiere un muro, entran mayormente por los 328 puertos de entrada legales de la frontera. Esas estaciones de cruce ven un flujo comercial de 500 mil millones al año y son utilizadas por muchos de los 15 millones de habitantes de la frontera entre México y Estados Unidos.
Un muro no detendría la ola actual de familias y niños centroamericanos que se entregan a la Patrulla Fronteriza en lugar de intentar evitar ser capturados.
No detendría a las personas que entran con visa y se quedan más tiempo del permitido, grupo, por cierto, que representa a casi la mitad de la población que vive en Estados Unidos sin autorización.
En pocas palabras, la valla que ya existe ha hecho ya prácticamente todo lo que cualquier valla puede hacer.
Diez años después de que un equipo de reporteros del Arizona Daily Star determinara que los cañones, montañas y ríos hacían casi imposible cercar la línea fronteriza entre México y Estados Unidos, un nuevo equipo de periodistas regresó para analizar el plan de Donald Trump de construir una "hermosa valla" (beautiful wall). Lee y ve lo que encontraron en la edición especial del domingo 10 de julio.
- Por Perla Trevizo La Estrella de Tucsón
Por Perla Trevizo
La Estrella de Tucsón
La frontera de Arizona con México es desierto, humedales, montañas escarpadas y ciudades que dependen de su vecino del Sur.
Tiene ríos que fluyen al Norte, una reserva indígena del tamaño del estado de Connecticut y algunas de las más grandes y remotas áreas silvestres de la nación.
Aproximadamente el 70 por ciento de la frontera del estado es conocida como el Sector Tucsón, el cual incluye siete montañas que alcanzan miles de metros de altura.
A los ojos del jefe del Sector Tucsón de la Patrulla Fronteriza, Paul Beeson, “Doscientas sesenta y dos millas quizá no parezcan muchas, pero cuando vas ahí y ves la aspereza, las montañas escarpadas, la densidad de la maleza, todo lo que hay en este lugar, no es una zona libre de problemas”.
Las detenciones en el sector ahora son las más bajas que ha habido desde 1991, pero se desconoce cuántas personas cruzan por ahí. La creciente seguridad en las áreas urbanas orilló el tráfico de personas hacia lo más inhóspito del desierto, donde hay menos vallas y el terreno es por sí mismo la barrera internacional.
Conforme el tráfico se dificulta con más valla de metal, más agentes y más tecnología, las líneas que separan el contrabando de humanos del de drogas se difuminan. El Cártel de Sinaloa, una de las células de narcotráfico más notorias del mundo, tomó el control.
La gente que vive en áreas remotas de la frontera ya no ve numerosos grupos de personas atravesando el terreno, tampoco se observan carros repletos de gente. Ahora la gente cruza en grupos pequeños, muchas veces con vestimenta de camuflaje y con unos botines con suela de alfombra para no dejar huellas.
Tráfico diario
Francine Pearl José vive a menos de 8 km de la frontera en la Reserva Tohono O’odham, al suroeste de Tucsón.
Su vecino más cercano está a más de 6 km (4 millas) de distancia. Por lo general están solo ella y su sobrino cuidando el ganado.
Desde que el tráfico empezó a desplazarse hacia el corredor del oeste a mediados de los noventas, dice Francine José, su propiedad ha sido invadida.
Al principio, dice, había “muchos carros. Era terrible, porque a veces iban rapidísimo”. En varias ocasiones estuvieron a punto de sacar del camino a su papá.
Pero eso se acabó cuando se instalaron tres tipos de cercos diseñados para evitar que los vehículos se metieran a la reserva Tohono O’odham, a lo largo de 120 km (75 millas) de la frontera con México.
Ahora, sin embargo, lo que más ve es a gente a pie.
“Cuando llegué esta mañana vi esas botellas, a un tipo por aquí y a la Patrulla Fronteriza llevándoselo en sus bicicletas”, dice, señalando los dos jarros negros de agua.
“Casi a diario viene alguien. Es algo a lo que ya prácticamente estamos acostumbrados”.
En el desierto, los agentes encuentran botes de gasolina, llantas de repuesto y bolsas de cemento que caen desde los carros que van de un lado a otro a través de la frontera, llenos de cientos de kilos de basura en una dirección y después remplazada por personas o drogas en el otro sentido.
Arizona funciona como el centro primario de distribución de drogas hacia Estados Unidos. Aunque la mayoría de la heroína y las metanfetaminas pasan por los puertos de entrada (las garitas), la mariguana generalmente es cruzada por el desierto. El Sector de Tucsón es responsable de la mitad de la mariguana decomisada por la Patrulla Fronteriza en el suroeste del país.
José señala el tanque de agua de 12 metros (40 pies) de altura detrás de su casa como un posible punto de referencia para el tráfico.
“Quizá ellos lo ven y les dicen que sigan hacia él”, dice.
A ella no le gustan las armas de fuego, pero ha tenido que armarse. Su casa constantemente era forzada para meterse en ella hasta que puso rejas en las ventanas y una puerta de fierro.
En un par de ocasiones, grupos de hombres que se veían como drogados se brincaron a la caja de su pick up en busca de un aventón hacia el Sur.
Nunca le ha pasado nada a su familia, pero los incidentes violentos de grupos robando a los cárteles están aumentando. En mayo, en un distrito cercano, un hombre envuelto en un enfrentamiento entre contrabandistas y un grupo que huía recibió dos balazos en la rodilla.
Tendencias cambiantes
No todo el tiempo ha sido así. A mediados de los ochentas y principios de los noventas el tráfico se concentraba El Paso y San Diego, donde era más fácil para la gente cruzar y subirse a la autopista.
El gobierno federal decidió reforzar la seguridad en esas áreas y detener el flujo. Funcionó, pero a costa de Arizona.
Para mediados de los noventas, los agentes de Nogales estaban realizando más de 100 mil detenciones al año.
En el primer mes del año fiscal 1996, los agentes de Douglas realizaron 67 arrestos, más que todas las detenciones del año fiscal anterior en todo el Sector Tucsón.
La respuesta oficial fue instalar altas vallas pedestres cerca de las ciudades, donde los agentes tienen minutos o segundos para detener a los inmigrantes antes de que salten a un carro o corran a una casa y los pierdan de vista.
Como resultado, los contrabandistas huyeron hacia áreas con menos seguridad, y las detenciones y las muertes se incrementaron en lugares desolados como la Nación Tohono O’odham y en terrenos públicos.
Para 1998, el Sector Tucsón era el más activo del país.
Había carros atravesando y dañando el sensible ambiente. Crecieron cerros de basura. Al poco tiempo, miles de agentes perseguían a quienes cruzaban y creaban nuevos caminos.
Diez años después de la Ley de Valla Segura, que obligó al gobierno federal a construir la valla fronteriza en más de 1,100 km, el 80 por ciento de toda la frontera de Arizona tiene algún tipo de barrera.
El cerco de acero cruzado a la altura del pecho se utilizó en áreas rurales donde los carros pesados eran la principal preocupación. Los barrotes de acero estilo Normandía se instalaron cerca de ríos para permitir el flujo del agua.
Pero el mismo terreno que el gobierno pensó que desanimaría a la gente de intentar hacer el viaje también ha hecho la frontera más difícil para instalar la valla y patrullar. Alrededor de 106 km (65 millas) en Arizona –80 (49 millas) de ellos en el Sector Tucsón– no tienen más barrera que un alambre de púas o las montañas.
LA VIDA DE UN RANCHERO
Jim Chilton tiene un rancho de 20,234 hectáreas que incluye un estrecho rincón de la frontera entre México y Arizona en el Valle de Altar.
Cuando él y su esposa, Sue, no están en Washington testificando o reuniéndose con miembros del Congreso, están afuera checando la pastura y el ganado.
Con regularidad les muestran a los medios la porosa frontera cerca de ellos.
Su casa queda a dos horas en carro de la línea internacional –a sólo unos 16 km, pero de un terreno empinado y sinuoso y con caminos en mal estado.
“Lo conozco de pies a cabeza”, dijo el ranchero de quinta generación. “He manejado por este camino miles de veces”.
Maneja hasta el punto donde sus tierras comparten unos 8 km con México. Menos de 1.5 km tienen barrotes Normandía; el resto es una valla de alambre de púas de cuatro hilos.
“¿Te das cuenta qué tan fácil es pasar por la valla? Hasta una persona de 77 años puede hacerlo fácilmente”, dice mientras pasa a gatas por debajo del alambre levantado.
La valla termina al oeste del Puerto de Entrada Mariposa, a medida que va descendiendo hacia un profundo cañón. Se reanuda a unos 40 km al oeste, cerca de Sasabe.
Aquí no hay señal para teléfonos celulares, incluso la radio comunicación es deficiente. Un helicóptero puede sobrevolar el área donde un par de agentes están hablando y es imposible que se escuchen entre ellos. No muy lejos de aquí, el agente de la Patrulla Fronteriza Brian Terry fue asesinado en el 2010 en un cañón remoto por donde su equipo pasó ante un grupo armado.
Chilton siempre lleva consigo un rifle y una escopeta.
“He visto a espías de los cárteles aquí y en aquella montaña de allá viéndonos”, dice, mientras camina el último tramo hacia la frontera con sus botas, su sombrero y su chaleco de cuero negro.
Los ganaderos de este rumbo hablan de robos, de haber hallado paquetes de mariguana en su propiedad, de correr a los drogueros, como los llaman, y de inmigrantes desaparecidos o ya muertos.
Las cámaras de Chilton, que se activan con el movimiento, con frecuencia captan a pequeños grupos de hombres, generalmente avanzando hacia el sur y algunas veces armados.
“Aquí están los binoculares que esos drogueros dejaron”, dice Chilton mientras se baja de su camioneta. “Ellos me estaban viendo a mí con ellos”.
A pesar de todos los encuentros, nunca ha tenido que usar su rifle. Lo último que quiere un traficante es llamar más la atención por matar a un ranchero, como lo ocurrido después de que fuera baleado Robert Krentz, del vecino Condado Cochise, hace seis años. El caso sigue sin ser resuelto.
Desde la perspectiva de Chilton, los agentes deberían estar más cerca de la frontera. Deberiá de haber un camino hacia el Este y el Oeste a lo largo de la línea internacional, en el cual la Patrulla Fronteriza está trabajando, dice Beeson, de la misma agencia. Beeson resaltó que el 75 por ciento de los arrestos en el Sector Tucsón se realizan a 32 km de la frontera. Se necesitaría 22 mil agentes sólo para el Sector Tucsón si todos estuvieran estacionados junto a la línea, dice.
A Chilton le gustaría ver un muro para que fuese más difícil para los contrabandistas de drogas el pasar sus cargas, pero sabe que eso por sí solo no resolvería el problema.
Su vecino, Lyle Robinson, ganadero y veterinario local, dice que él quiere por lo menos la barrera vehicular que tiene la reserva de los Tohono O’odham.
“Cuando ellos van de la frontera a mi propiedad, cortan cuatro cercos míos”, dice. “Quiero un buen cerco que mantenga dentro a nuestro ganado”.
Ambos ganaderos quieren una base de operaciones avanzadas pegada a la frontera en la que los agentes duerman y trabajen por varios días. Chilton incluso propuso rentarle a la Patrulla Fronteriza 10 acres de su terreno por 1 dólar al año.
El sector tiene cuatro bases, y eso es todo lo que necesita por ahora, dice Beeson. Además, la falta de caminos e infraestructura en el área no se presta para una base.
Los ganaderos también quieren más tecnología en la frontera. Hay varias cámaras fijas en el área, entre ellas una en Ruby Road, no muy lejos de la casa de Chilton, pero en todo el rededor hay colinas y arroyos con densa vegetación.
“Mira a tu alrededor”, dice Chilton. “¿Pueden decir que hay alguien moviéndose por ese camino? Los cárteles saben exactamente por dónde caminar para que las cámaras no los vean”.
Y más allá de todo eso, los rancheros del área dicen que quieren un programa de trabajadores temporales que les permita a los inmigrantes cruzar la línea para venir a trabajar y después regresarse a su casa.
UNA VISTA DESDE ARRIBA
Sobre las montañas y vastas extensiones planas, los helicópteros y aeronaves no tripuladas funcionan mejor.
“Desde aquí puedo verlo todo”, dice Michael Montgomery, supervisor de operaciones en el área de Tucsón de Operaciones Aéreas y Marinas de Aduanas y Protección Fronteriza, mientras vuela sobre la reserva.
A principios del verano de este 2016, un helicóptero ubicó a 10 hombres presumiblemente narcotraficantes escondidos a un lado de la montaña en la parte occidental del Monumento Nacional Organ Pipe Cactus. Sin el helicóptero, les habría tomado horas a los agentes llegar hasta ahí.
Organ Pipe tiene torres, decenas de camiones de la Patrulla Fronteriza y una base de operaciones avanzadas cerca de la frontera, pero el trecho entre él y el Refugio Silvestre Cabeza Prieta (Cabeza Prieta Wildlife Refuge) es uno de los más brutales y desolados del país.
No muy lejos de aquí, 14 inmigrantes fueron hallados en mayo de 2001 un día en el que las arenas del desierto llegaron a 130 grados Fahrenheit. Estaban a 40 km de la frontera; la carretera más cercana estaba a 80 km de donde el coyote los dejó.
El año pasado, 15 cuerpos fueron recuperados de Cabeza, también cubierto por el Sector Yuma, dice Sid Slone, gerente del refugio.
En algunas áreas la frontera está a menos de 2 km, pero apenas sales del carro y empiezas a caminar todo se ve igual. No hay manera de hacer una caminata rápida, pues a cada tantos pasos la pierna se hunde hasta la rodilla.
El clima también es engañosamente despiadado. Una brisa fresca y alguna nube rápidamente se alejan dejando un calor sofocante.
Un día en junio, cuando la temperatura de tres dígitos rompió récord, todas las ramas de Aduanas y Protección Fronteriza –la Patrulla Fronteriza, la Oficina de Operaciones de Campo y Operaciones Aéreas y Marinas– trabajaron juntas para atender casi una docena de llamadas al 911 de gente que quería entregarse y pedir ayuda. La mayoría fueron desde Cabeza y Organ Pipe.
Para ese momento, los inmigrantes ya habían caminado unos 100 km tan sólo del lado estadounidenses. Mucas veces se quedan sin comida ni agua, ante la imposibilidad de llevar suficiente para un viaje de narios días.
Desde 2001 se han encontrado casi 2,500 restos en el sur de Arizona.
Mike Christy / La Estrella de Tucsón
Un vehiculo de la Patrulla Fronteriza estacionado sobre una loma al norte del la vecindad Buenos Aires de Nogales, Sonora. La combinación de agentes, luces y tecnología ha creado retos para el contrabando de drogas y humanos por la frontera. Pero la valla no ha sido una respuesta completa para el tráfico ilegal.
- Mike Christy / La Estrella de Tucsón
- Por Perla Trevizo La Estrella de Tucsón
Por Perla Trevizo
La Estrella de Tucsón
NACIÓN TOHONO O’ODHAM.— Las barreras de acero forman una línea en la mayor parte de los 120 kms. de los límites al sur de la Nación Tohono O’odham. Pero, ¿un muro?
“Sobre mi cadáver”, dice Verlon José, vicepresidente de la nación.
“Somos animales que emigramos una y otra vez, y cuando empiezas a afectar a un animal, todo el sistema ecológico cambiará”, dice el jefe de la tribu, Edward Manuel. “Las plantas que crecen aquí dependen de algunos de los animales, los animales dependen unos de otros y nosotros tenemos que confiar en todos ellos para poder sobrevivir en nuestro estilo de vida”.
Además, “las barreras artificiales nunca van a detener el tráfico humano, la gente encontrará una forma de traspasarlas”.
Lo que él espera es que el gobierno logre una reforma migratoria integral.
Con el paso de los años, la reserva ha quedado atrapada en medio del tráfico ilegal y de la aplicación de la ley.
La reserva, de casi el tamaño del estado de Connecticut, tiene una escasa población de unos 30 mil miembros de la tribu y una vasta vegetación que incluye altos saguaros, mezquites y creosota.
Antes del cerco se utilizaban decenas de camiones pesados para crear diariamente una barrera vehicular en camino al norte.
Entonces sucedió el 9/11, seguido por la Ley de la Valla de Seguridad del 2006, que ayudó a instalar mayores barreras en casi toda la frontera. El cerco de tres cabos e alambre de púas fue sustituido por postes metálicos a la altura de la cintura.
“Nosotros somos más viejos que los límites internacionales con México y no tuvimos ningún papel en la creación de la frontera”, testificó el ex presidente de la nación Ned Norris Jr. ante el Congreso en 2008. “Pero ahora nuestra tierra está cortada a la mitad, con comunidades O’odham, sitios sagrados, rutas de peregrinación y familias divididas”.
El tráfico, los carteles y los cientos de agentes y la tecnología han cambiado el estilo de vida de los O’odham.
Algunos miembros dejaron de cruzar la frontera para evitar el fastidio. Los viajes a ceremonias en México son más tardados. Los miembros de la tribu no pueden salir a cazar sin toparse con un agente de la Patrulla Fronteriza.
Las detenciones han disminuido, pero el corredor del oeste sigue siendo transitado, especialmente con cargas de drogas. Se desconoce cuántas personas en realidad cruzan.
Ahora está en marcha un plan para 15 torres de vigilancia entre los distritos fronterizos Chukut Kuk y Gu-Vo.
‘ZONA DE GUERRA’
El endurecimiento de la seguridad fronteriza en las ciudades en los años ochentas y noventas provocó un mayor tráfico a través de la reserva.
Las casas fueron atracadas, dice José. Recuerda un incidente en el que una persona mayor fue atada, golpeada y robada.
“Aquí afuera parecía zona de guerra, con vehículos abandonados”, dice. “Donde fuera que hubieran sido atrapados, los abandonaban y huían”.
El concejo tribal pidió ayuda a Washington. Primero llegaron más agentes, después la valla.
“No hicimos este trato de la noche a la mañana”, dice José, sino que ellos estuvieron de acuerdo en una barrera vehicular que permitiera la vida silvestre.
A través de la Venta de la Mesilla (o Gadsden Purchase) en 1853, el territorio O’odham fue dividido casi a la mitad entre los dos países. Pero esa división nunca fue tan visible como cuando instalaron la valla.
Ofelia Rivas, una activista mayor que vive en el distrito Gu-Vo, recuerda el estruendoso sonido de cuando los trabajadores insertaban los postes de acero en el concreto como a 1 km de su casa.
“Yo le decía a la gente que era la Madre Tierra llorando porque estaban cavando hoyos, poniendo ahí ese metal”.
En el 2006, Rivas le dijo al Arizona Daily Star que una valla triplicaría la distancia hacia un sitio sagrado al otro lado de la frontera a través del puerto de entrada más cercano en Lukeville. Y así ha sido, dice.
Los disminuidos pueblos mexicanos se aislaron aún más.
Los miembros de la tribu utilizan tres entradas que quedan a lo largo de la frontera. Algunos han dejado de usar una de ellas para evitar los cárteles del otro lado, y otra fue cerrada en un viaje reciente, aunque los líderes dicen que el agente de la Patrulla Fronteriza la abre cuando se necesita. Las más comúnmente utilizada es la entrada San Miguel, al sur de Sells, pero en marzo, una familia de ganaderos mexicanos dijo que eran dueños de esas tierra e instalaron un portón del otro lado. No está bajo llave, pero los miembros de la tribu están preocupados.
Para Francisco Valenzuela, quien cruza varias veces a la semana para traer agua o alimentos, la valla no ha ocasionado mayores problemas.
“Esto es lo que pasó después del 9/11”, dice después de estacionar su camioneta por la entrada San Miguel para mostrar su identificación al agente fronterizo. “Es un trastorno cuando te detienen aquí por 30 o 45 minutos mientras buscan tu nombre. Si hay viento, no pueden acceder al sistema y se quedan sentado en su vehículo con aire acondicionado mientras uno está sentado aquí”.
Pero él se las arregla.
Algunos O’odham han traído a sus familiares viejos al lado estadounidense para evitar los inconvenientes, y algunos han dejado de visitarlos.
“Solíamos levantarnos temprano y manejar ahí, porque sabíamos que mucha gente y nuestros abuelos son de ahí”, dice Francine Pearl José, prima de Verlon.
“Ahora si vas tienes que tener tu identificación, mostrar prueba de todo”, dice. “Yo mejor ya no voy, porque no quiero batallar con todo eso”.
ES NUESTRO HOGAR
Cuando estábamos chicos, en la reserva “montábamos a caballo, poníamos cercos, trabajábamos duro”, dice Verlon José. Escalaban las montañas, pero eso ya no lo pueden hacer los niños.
En una visita reciente, un grupo de líderes O’odham encontraron una mochila de camuflaje, con un par de botas con suela de alfombra y una chamarra de cuero café. “No sabes a qué te puedes enfrentar”, dice.
Aun así, la reserva es su hogar, dice Rivas, del distrito Gu-Vo.
“Se te ve la Patrulla Fronteriza, te dicen ‘no deberías estar aquí, es peligroso’. Pero esta es la tierra donde crecí”, dice.
Cerca de su casa hay una colina donde la Patrulla Fronteriza estaciona una camioneta con una cámara. La agencia quiere poner una cámara fija más arriba. Dependiendo de la ubicación, las torres alcanzarían visión hasta a 24 km.
“No sé cómo decirlo en inglés”, dice Rivas. “Es devastador. Interfiere con toda nuestra tierra, con los animales, las plantas, con nuestros sitios sagrados”.
El líder de su distrito se opone a las torres, que son parte de un plan más amplio de tecnología en Arizona. En una cara a Aduanas y Protección Fronteriza, el jefe distrital de Gu-Vo, Rodrick Manuel Sr., escribió que la presencia de la Patrulla Fronteriza ha dañado la flora y la fauna y que la dependencia no ha proporcionado suficiente información sobre el impacto.
“Es nuestra responsabilidad proteger nuestras tierras y montañas, puesto que ellas nos han protegido a nosotros desde el inicio de los tiempos”, escribió Manuel.
Pero el jefe de la tribu les ha dicho que trabajen con la Patrulla Fronteriza para hallar alternativas.
El vecino distrito Chukut Kuk ya aprobó el proyecto.
Kendall José, vicepresidente del distrito e hijo de Verlon, se refirió a un incidente reciente en el que la policía del tribu y la Patrulla Fronteriza buscaban a un grupo de hombres armados.
“Pienso que si hubieran tenido la ayuda de la cámara, eso les había ayudado en ese momento, un ojo más buscándolos”, dice. De los tres sospechosos, los agentes atraparon sólo a uno.
ABUNDAN LOS AGENTES
Cuando Manuel se reincorporó al concejo de la tribu en el 2009, una de las grandes quejas que escuchó fue que los agentes estaban cortando las vallas de ranchos y metiendo los vehículos por todas partes.
“Ahora hay un área en el oeste donde se les complica encontrar animales de caza porque la Patrulla Fronteriza que está en todas las distintas áreas asustan a los grandes animales de caza”, dice.
Los miembros de la tribu ya no pueden cazar sin que se active un sensor, dice Richard Saunders, director de seguridad pública de la tribu y ex agente policiaco. De repente, un helicóptero los sobrevuela o llegan los oficiales.
Muchos cuentan historias de miembros de la tribu cosechando saguaros y siendo confrontados por agentes que les exigen que se identifiquen y que expliquen qué están haciendo. O de haber sido orillados porque su camioneta fue reportada como sospechosa. O de haber sido detenidos en alguno de los tres puntos de revisión que rodean a la reserva.
“Estamos bajo vigilancia constante”, dice Rivas. También hay dos centros de seguridad en la reserva donde trabaja la Patrulla Fronteriza.
Pero, o es la Patrulla Fronteriza o es el tráfico ilegal.
“La comunidad es impactada a diario, con gente tocando las puertas, pidiendo comida y agua”, dice Saunders. “Hace tan sólo unas semanas recuperamos un cadáver aquí”, dice.
Hace poco, Francine Pearl José vino a casa alrededor de las 6 p.m. y encontró a un hombre con ropa de camuflaje durmiendo bajo la ramada. Su nieto de 5 años de edad creyó que era un integrante del Army, pero el hermano mayor del niño pronto aclaró que era de los cárteles.
Tuvo que llamar dos veces a la Patrulla Fronteriza antes de que fueran a recogerlo a las 11 p.m.
Los grupos delictivos se están volviendo más violentos y metiéndose más al norte.
“La principal amenaza para la comunidad es verse involucrada, ya sea albergando o transportando el contrabando”, dice Saunders.
En una reserva azotada por la pobreza, la tentación es fuerte.
Pero el problema es demasiado grande para que la tribu o la Patrulla Fronteriza lo resuelvan por sí solos. “No estoy 100 por ciento a favor de la Patrulla Fronteriza, pero sí apoyo 100 por ciento el trabajo en conjunto”, dice Verlon José.
Los líderes distritales se reúnen regularmente con los agentes para hablar de los problemas, y las cosas están mejorando, dice Elaine Delahanty, presidenta del distrito Chukuk Kut. Los líderes de la tribu les avisan a la Patrulla Fronteriza de sus planes de reuniones o cuando van a introducirse en áreas remotas. Los agentes se han ido involucrando más con la comunidad.
Pero para algunos, es un camino largo hacia la armonía entre los dos grupos.
Rivas lleva puesta una pulsera verde con la palabra “autonomía” grabada en ella. “Es un recordatorio de que somos autónomos”, dice.
“Estamos conectados con nuestra tierra de origen, ya sea en México o en Estados Unidos. Ahí es donde tenemos nuestros entierros sagrados, nuestras ceremonias, nuestras comunidades. Ninguna frontera va a borrar eso”.
- Por Curt Prendergast La Estrella de Tucsón
Por Curt Prendergast
La Estrella de Tucsón
SAN LUIS RÍO COLORADO, SON. — El albergue para las personas deportadas está a 10 minutos caminando desde la línea.
Pero los registros del albergue muestran que la gente que está aquí y que de nuevo intentará cruzar a Estados Unidos no pretende hacerlo por este lugar. Una y otra vez, su destino está a 150 millas al oeste, en Tijuana.
“Ya casi no cruzan por aquí”, dice Olga Escalante, subdirectora de la Casa del Migrante la Divina Providencia.
La mayoría de quienes lo hacen son familias centroamericanas que se entregan a la Patrulla Fronteriza.
El Sector Yuma es el estandarte dorado de las fuerzas de seguridad fronteriza, en gran medida gracias a los 56 kms. (35 millas) de valla que corre a lo largo del Río Colorado y avanza hacia el Oeste hacia las Dunas Imperiales de Arena –lugares que en 2006 la Patrulla Fronteriza dijo que eran muy difíciles de cercar. Hacia el Este, la valla avanza por el desierto hasta que topa con las montañas.
El centro de San Luis, Arizona, es una fortaleza, con 8 millas de valla de tres capas y casi dos millas de iluminación tipo estadio entre las dos primeras barreras. Los 800 agentes de la Patrulla Fronteriza del Sector Yuma están estacionados a lo largo de la zona de seguridad y están siempre presentes en las calles de San Luis y de las otras ciudades del sector.
Escalante y varios migrantes del albergue dicen que la valla de tres capas, el uso de tecnología de vigilancia y las condenas en prisión para quienes son detenidos en el Sector Yuma intentando volver a cruzar hacen de San Luis un punto de cruce inhóspito.
Ubaldo Gutiérrez, de 39 años de edad, acaba de ser deportado y no cree que tenga buenas oportunidades de cruzar por aquí.
“La valla es más alta, hay más vigilancia, los aviones no tripulados andan por ahí viéndolo todo, hay helicópteros y agentes por todas partes. Es muy difícil”, dice Gutiérrez.
Otro hombre en el albergue, Eduardo Lucas, de 23 años, se dirige a Tijuana tras haber sido deportado para intentar de nuevo reunirse con su familia en San Diego.
Los padres de Lucas lo llevaron de Michoacán a San Diego cuando él tenía 7 años. Después de terminar la preparatoria se puso a trabajar como cocinero.
Pero una detención de la policía mientras manejaba bajo la influencia del alcohol, más lo que él llama fraude de su abogado, lo llevó a la deportación en abril por San Luis Río Colorado.
“Aquí es difícil, y si te agarra te dejan un tiempo” tras las rejas, dice Lucas. Como parte del régimen de seguridad aumentado, el Sector Yuma fue una de las primeras áreas fronterizas en adoptar la Operación Streamline, un programa federal que enjuicia a quienes entran de forma ilegal.
Con la amenaza de la cárcel en el área de San Luis, él cree que tiene mejores oportunidades de evadir la prisión si intenta volver a cruzar por el sur de California.
“Mi familia está allá, así es que tengo que volver a intentarlo”, dice. “No conozco nada de aquí, me fui cuando estaba muy chico. Todo es nuevo”.
Gran parte del creciente esfuerzo de seguridad en el Sector Yuma empezó en el 2005, con 138 mil 500 detenciones que le dieron al sector uno de los índices más altos de la frontera entre Estados Unidos y México. Después de construir más valla, poner más agentes e implementar un estricto programa de acción penal, las detenciones cayeron a siete mil en el 2015.
Escalante ha visto un aumento en el número de casos como el de Lucas, quien fue arrestado en California y deportado en San Luis Río Colorado.
La Patrulla Fronteriza del Sector San Diego deporta a algunos mexicanos detenidos ahí a través de San Luis bajo el Programa Transferencia de Salida de Extranjeros (Alien Transfer Exit Program), dice el vocero de la Patrulla, John Lawson. El programa intenta reventar las redes de contrabando al deportar a la gente lejos de donde fue detenida.
Con el alza de la seguridad fronteriza y las deportaciones, el albergue de San Luis está generalmente lleno de deportados, así como de algunos migrantes que se dirigen al norte procedentes del sur de México y Centroamérica.
El registro que Escalante mantiene en el albergue indica que el número de inmigrantes que se quedaron ahí creció a más del 100 por ciento, de 13 mil en 2006 a 27 mil en 2013. El año pasado la cifra bajó a 23 mil.
A pesar de las dificultades aparentemente insuperables, la gente sigue cruzando por la vaya de tres capas, trepando con una escalera o a veces con ganchos para escalar.
Y los narcotraficantes siguen viendo a San Luis Río Colorado y al Sector Yuma como un corredor de contrabando. Aunque la migración ilegal cayó estrepitosamente, la cantidad de mariguana incautada por los agentes creció en los últimos 10 años, de 46 mil libras en 2006 a 53 mil en 2015. Los agentes también confiscaron 643 libras de metanfetaminas el año pasado, algo inusual puesto que la mayor cantidad de drogas duras se descubre en las garitas de cruce legal.
Los contrabandistas de drogas tratan de sacar la vuelta a las vallas cavando túneles, entre ellos uno que surgió bajo una tienda en el centro de San Luis, Arizona, en el 2012. También envían aviones no tripulado sobre la frontera o avientan paquetes de droga sobre el cerco utilizando un cañón. En abril, la Patrulla Fronteriza vio tantos drones que contrabandeaban droga en el área de Yuma que emitió un aviso público.
Conforme hubo menos mexicanos intentando cruzar la frontera de forma ilegal, llegaron más de Honduras, Nicaragua y otros países de Centroamérica.
En el 2006, prácticamente todas las detenciones de inmigrantes ilegales en el Sector Yuma fueron de mexicanos. Para el 2015, aproximadamente la mitad de los detenidos eran de países distintos a México, la mayoría de Centroamérica.
Recientemente, el número de personas detenidas con más miembros de su familia se ha disparado. Desde octubre, en el Sector Yuma se han detenido a 2 mil 900 personas viajando en familia, seis veces más que en el mismo periodo del año fiscal 2015. Los niños no acompañados detenidos por agentes se han quintuplicado, de 363 a más de 1,700.
En el escenario más común, los agentes encuentran a las familias centroamericanas en la primera de las tres vallas, donde se entregan, dice el agente de la Patrulla Fronteriza Richard Withers.
Escalante dice que la mayoría de la gente que llega a su albergue está en busca de una forma de reunirse con su familia.
“Dejaron allá sus familias y no pueden regresar. Por supuesto que lo van a volver a intentar, ¿qué no?”, cuestiona.
La gente que llega la albergue le cuenta de la violencia y falta de empleos en sus lugares de origen.
“Es muy doloroso para ellos. Uno ve una gran cantidad de tristeza aquí”, dice.
Gutiérrez fue deportado por San Luis a principios de abril. Después de salir de su natal Guanajuato, México, pasó 15 años en Stockton, California, con su familia, trabajando en los campos agrícolas cercanos.
Dice que se metió en problemas cuando trató de arreglar sus papeles migratorios. Como resultado, le dijeron que tenía que salir de Estados Unidos por 10 años.
“Mi familia está allá, sufriendo en California”, dice. “Quiero ir a casa para ayudarlos, pero no puedo”.
A Gutiérrez ya no le queda dinero para pagar a un coyote, así es que está buscando una forma de cruzarse por su cuenta.
Dice que por mientras buscará un trabajo en México. Pero eso no significa que renuncia a la idea de volver a Estados Unidos.
“Lo que allá ganas en un día”, dice, “aquí no lo ganas ni en una semana”.
El ranchero Tony Sedgwick, izq., habla con un hombre sentado al otro lado de la valla en Nogales, Sonora, al oeste de Nogales, Ariz., el 22 de abril. Los rancheros en Arizona, como Sedgwick, hablan de robos y daños a sus terrenos y animales. Pero no todos apoyan una valla por la frontera.
- Mike Christy / La Estrella de Tucsón
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