Era 1963, probablemente en verano, cuando Felicia Frontain, su hermana Michel y su papá Dick Frontain llevaron a un amigo de su papá al aeropuerto de Tucsón. Antes de que el amigo se subiera al avión, él se puso de cuclillas en la pista entre las dos niñas que permanecieron de pie.

El hombre, que llevaba lentes oscuros y su mano derecha vendada, les brindó una luminosa sonrisa que las niñas correspondieron. Dick Frontain tomó una foto. Felicia tenía 5 años y su hermana 2.

“Le teníamos que llamar señor Moreno”, recordó Felicia. “Nuestros padres eran muy de protocolo”.

El señor Moreno era Mario Moreno, mejor conocido por los millones de fans como Cantinflas.

Es una foto memorable que Felicia atesora, no tanto porque ella y su hermana salieran en ella con el legendario Cantinflas, lo cual habría sido increíble para cualquier fan de Cantinflas, sino especialmente porque le recuerda a su papá y representa todo lo que logró. Es una imagen que captura un minuto en el tiempo de un Tucsón diferente, muy alejado del que conocemos ahora.

Dick Frontain, quien nació en Nueva York, vino al desierto con su esposa, Mona, en 1956 para ir a la universidad. Dio clases de inglés, teatro, periodismo y escritura en Marana High School y después en el Colegio Comunitario Pima.

Pero para muchos en Tucsón y más allá, él fue conocido como uno de los mejores narradores al norte de la frontera especializado en corridas de toros. Escribía para el Arizona Daily Star y otras publicaciones sobre la elegancia, el drama y la sangre que corre en este deporte y era amigo de los mejores matadores de México y España.

También era bueno con la cámara. Fotografió extensamente las corridas de toros, las comunidades yaquis de Tucsón y a su amigo y vecino el artista Ted De Grazia. En 1967, él y De Grazia colaboraron en el libro “Mexico’s Border Bullrings” o Plazas de Toros en la Frontera de México, un homenaje a las corridas de toros.

Felicia dijo que su papá, quien murió en 2007, donó a la Sociedad Histórica de Arizona tres cajas de negativos de fotos, con por lo menos cientos de sus tres temas favoritos del suroeste.

Pero una de las fotos que no está en los archivos de la Sociedad Histórica empezó a gestarse el día en que Dick Frontain dijo a las niñas, “esto va a ser divertido”.

Se subieron a la camioneta de sus papás. La mamá de Felicia, ya fallecida, probablemente estaba trabajando en la fonoteca de la Universidad de Arizona, y su otra hermana menor, María, quizá se había quedado con la niñera, dijo Felicia, coordinadora de pasantías de la Escuela Norton de Menudeo y Ciencias del Consumidor de la Universidad de Arizona.

Los tres fueron al centro de la ciudad a recoger a Cantinflas, quizá al Pioneer o al Santa Rita, que eran entonces los mejores hoteles de la ciudad. Las niñas no lo habían conocido antes, pero sabían quién era Cantinflas.

“Era cosa seria”, dijo Felicia en un eufemismo.

Más que cosa seria, Cantinflas era una de las personalidades más conocidas del mundo. El genio comediante hizo unas 50 películas entre los años cuarentas y sesentas. Muchas de ellas se exhibían en El Cine Plaza, en el centro, el cine de películas en español que fue demolido para la renovación urbana. Para los cinéfilos norteamericanos, Cantinflas era conocido por su película de 1956 “Around the World in 80 Days”. Su influencia fue tal, que su característico hablar rápido y confuso empezó a ser conocido como “cantinflear”, término que consagró la Real Academia Española de la Lengua.

Pero para las niñas Frontain, él simplemente era un amigo de su papá. “Recuerdo que era súper, súper educado”, dijo Felicia.

Cantinflas se había presentando en la plaza de toros de Nogales. Era un respetado torero amateur de novillos. Cantinflas no mataba toros, sólo jugaba con ellos con su capote de brega que los matadores mueven con gracia al principio de las corridas de toros.

Pero él lo hacía a su manera. Su cantinflesco torear doblaba de la risa a sus fans.

“Hacía toda una rutina cómica de eso”, dijo Felicia. “Era fenomenal”.

Y cuando le tomaron esa foto con las niñas Frontain, también a ellas las tenía muertas de risa, recordó Felicia.

También recordó a otros toreros famosos que venían a Nogales y Tucsón, muchos de los cuales se quedaban con ellos en el cuarto de huéspedes de la gran casa que los Frontain rentaban en North Sixth Avenue, al sur de Speedway. Felicia dijo que los matadores venían a Tucsón de compras o a ver al médico cuando eran heridos en la plaza de toros.

Para Felicia y sus hermanas, los matadores eran amigos que las entretenían haciendo como que toreaban con ellas. También le daban consejos sobre cómo usar el capote y las muletas a Dick Frontain, conocido por entrar ocasionalmente al ruedo.

“Simplemente crecimos con ellos”, dijo Felicia sobre los toreros que los visitaban y que veían en la plaza de toros de Nogales.

Todo gracias a su papá.


Become a #ThisIsTucson member! Your contribution helps our team bring you stories that keep you connected to the community. Become a member today.

Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en netopjr@tucson.com o al 573-4187.