SAN DIEGO — La última controversia que está sazonando las guerras culturales de Estados Unidos involucra la tapa de una revista, chiles pimientos y una pizca de exageración en la reacción.

Para agregar sabor a la discusión, permítanme decir de entrada que fue un error que la revista The Economist, con sede en Londres, presentara una historia sobre la población latina en Estados Unidos utilizando una imagen de la bandera estadounidense, en que las rayas están compuestas de chiles.

Que una revista, lectura requerida de la intelligentsia, utilice un producto alimenticio para definir a 57 millones de personas -cuyas raíces ancestrales se remontan a docenas de islas del Caribe y países de América Latina- fue bastante tonto.

Y puesto que el artículo en sí puede considerarse como una demostración de respeto por la profunda influencia de los latinos en prácticamente todas las facetas de la vida estadounidense, es irónico que los editores de la revista faltaran al respeto de este sector demográfico reduciendo la experiencia de un grupo tan diverso a una fruta picante que, a propósito, no todos los latinos comen.

El artículo —titulado “Firing up America: A Special Report on America’s Latinos” (Entusiasmando a Estados Unidos: Un informe especial sobre los latinos de Estados Unidos)— presentó abundante información útil. Explicó que, a pesar de las diatribas de nativistas y políticos que hacen demagogia con ellos, “Estados Unidos necesita a sus latinos”. La historia también señaló algo que muchos de nosotros hemos dicho y escrito durante años -que los estadounidenses tienen suerte en tener un flujo constante de inmigrantes, con la esperanza, el optimismo y la ética laboral que traen con ellos. Tal como lo expresó The Economist: “Estados Unidos ha recibido un golpe de suerte extraordinario: una gran dosis de juventud y energía, justo cuando sus competidores globales envejecen. Aprovechar al máximo esa suerte requerirá pragmatismo y buena voluntad. Si lo logra, un Estados Unidos diverso, que mira hacia afuera, tendrá mucho que enseñarle al mundo”.

Es un buen análisis que resulta, además, ser exactamente cierto. Sin embargo, muchos latinos -entre ellos los que normalmente leen la revista — podrían evitar ese número por sentirse ofendidos a causa de la portada.

Me recuerda esa parodia de “Seinfeld” en que Jerry piensa que su dentista se está convirtiendo al judaísmo para contar chistes de judíos. Cuando le preguntan a Jerry si eso, como judío, lo ofende, su respuesta es: “No, me ofende como cómico.”

De la misma manera, el hecho de que aparentemente nadie -ni siquiera un periodista— en The Economist haya presentado una objeción a la estereotípica tapa antes de que el número fuera a la imprenta no me ofende como latino. Me ofende como periodista. ¿En qué estaban pensando?

Si The Economist presenta un artículo siguiente sobre los asiáticos de Estados Unidos, ¿reemplazará los chiles con granos de arroz?

Aún así, habiendo dicho todo eso, hay que escoger las batallas. Y este revuelo no vale el esfuerzo que algunos latinos -particularmente los que actúan en política, en el mundo empresarial y el periodístico— están invirtiendo.

Es un debate entre élites. Quizás a los latinos ricos les importe lo que The Economist piensa de ellos, a los latinos de la clase obrera no podría importarles menos.

De hecho, la gran controversia de los chiles recuerda una rencilla anterior en las guerras culturales -por el idioma. En 2003, la columnista ficticia de consejos, Dame Edna, creó tensión con los latinos por aconsejar a un lector que estaba pensando aprender español que no se molestara. Después de todo, dijo la columnista, los únicos con los que podría hablar son “el servicio” y el “jardinero”. La revista más tarde se disculpó.

En aquel momento, mi esposa nacida en México pensó que todo el asunto era tonto. Y los más alterados por la broma sobre el español eran los mismos que a menudo no lo hablan bien -latinos nacidos en Estados Unidos y asimilados. Por ser aquellos que no nos sentimos completamente en casa ni en este país ni en el que dejaron nuestros antepasados, es parte de una inseguridad incorporada. Siempre esperamos que alguien nos trate como si fuéramos inferiores -o, en este caso, como si el idioma de nuestros antepasados no fuera tan bueno como el inglés del rey.

Me cansé de ese juego, así es que ya no lo juego más. Que otros sean inmaduros no significa que tenga que jugar con ellos en el cajón de arena. Los latinos de Estados Unidos ya deberíamos saber quiénes somos, y nos hemos ganado el derecho a que no nos importe lo que piensan los demás.

Del otro lado del océano, los editores de The Economist quizás esperaran que yo me soliviantara. Pero lo único que puedo ofrecer es encogerme de hombros.


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La dirección electrónica de Rubén Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.

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