Los recuerdos son un hermoso regalo. Despiertan imágenes, eventos y palabras de nuestro pasado, aun si son inexactos y nuestra recolección es ligeramente alterada.
Aun así, recordar es un ejercicio que vale la pena.
El jueves 17 de septiembre fue una de esas noches en la Biblioteca de Colecciones Especiales de la Universidad de Arizona. Esta biblioteca presenta la exposición “Tucson Growth, Change and Memories” (Crecimiento, Cambios y Recuerdos de Tucsón), curada por el bibliotecario y tucsonense de nacimiento Bob Díaz.
La exposición incluye fotos del Barrio Viejo antes de su destrucción para la reurbanización de finales de la década de los sesentas, una borrosa cinta a blanco y negro del derrumbe de algunos edificios y algunas otras memorias del centro de Tucsón de aquellos tiempos.
En conjunto con la exhibición, cuatro tucsonenses compartieron los recuerdos de su crecimiento aquí antes y durante ese periodo.
La escritora, actriz y ex concejal del ayuntamiento Molly McKasson, la empresaria y conservacionista Katya Peterson, la profesora de Estudios Mexicoamericanos de la UA Lydia Otero y yo hablamos sobre nuestras experiencias, algunas comunes y otras diferentes, mientras crecíamos.
“Los recuerdos están mucho más matizados que la realidad. Nos pueden llevar por caminos extraños”, dijo McKasson un día después de la charla. Las memorias evocan tristezas y alegrías, alimentando nuestras emociones, agregó McKasson, quien creció en el área de Himmel Park y egresó de Tucson High School, donde empezó su despertar cultural.
“Esta nueva conciencia dio frutos en Tucson High, donde aprendí lo que era ser una comunidad tolerante, diversa, comprometida y amorosa”, dijo en su discurso.
La charla del jueves fue nostálgica, sí, pero los testimonios también fueron un recordatorio de los errores en los juicios políticos y de liderazgos que llevaron a la erradicación de un vecindario histórico de casas y negocios de familias multiétnicas que por generaciones consideraron a ese barrio su hogar.
Otero, descendiente del pionero de Tucsón Sabino Otero, creció cerca de West 22nd Street, en los límites al sur del Barrio Viejo. Pero era en Main Avenue donde se erigía la majestuosa casa de su ancestro, donde ahora es estacionamiento del Centro de Convenciones de Tucsón (TCC).
“Veía la casa hacia arriba. Parecía grande e importante. Nunca llegué a entrar. Me sentía orgullosa de estar conectada al legado y a gente que era de este lugar, y yo tenía un sentido de pertenencia”, dijo Otero, recordando las veces que caminó de y hacia el centro de la ciudad siendo niña.
Los recuerdos inspiran a Otero, autora del libro “La Calle”, publicado por la Editorial de la Universidad de Arizona, el cual explora las fuerzas civiles que insistieron en la erradicación del barrio de 32 hectáreas. En gran medida, son los recuerdos de su madre los que motivaron a Otero.
Dijo que su mamá es como si tuviera integrada una aplicación de memoria de ubicación tipo GPS. Durante sus caminatas por el centro, la mamá de Otero señalaba casas y contaba historias de las familias que vivían en el barrio de 100 años de antigüedad. Compartir esas historias nos da fundamento y un contraargumento a la exageración pública de ahora sobre la inmigración y a una concepción errónea generalizada de que los mexicoamericanos son unos recién llegados, dijo Otero.
“Esto es por lo que intento mantener vivos los recuerdos. Los recuerdos preservan nuestro pasado de una forma tangible”, dijo Otero después de la charla.
El viejo barrio del centro pudo ser una parte crucial de la historia de Tucsón, no obstante, desapareció de nuestro medio. Su demolición fue invisible para muchos tucsonenses.
El barrio era un mundo aparte, dijo Peterson, hija de Cele Peterson, una figura muy reconocida y popular de Tucsón por muchos años.
“De hecho, era un mundo que yo realmente no conocí hasta que me di cuenta de que había sido totalmente derribado”, dijo Peterson.
En nuestro espejo retrovisor de recuerdos aún podemos ver los mercados chinos en las esquinas, la Panadería Ronquillo’s en Court Avenue, el Hotel Belmont y restaurante El Charro en Broadway, la tintorería Garcia’s en Meyer, la Casa Victoriana de dos pisos de la familia Jacobs en Meyer y Alameda, Galerías Rosequist en South Convent, el club Ying On en South Main y el consultorio del Dr. Floyd Thompson, el primer dentista negro de la ciudad.
Y también podíamos ver la farmacia Flores en South Meyer, La Plaza Cinema, el bar Legal Tender y el club La Selva en Congress, la barbería Nick’s, Pekin Cafe, la joyería Perri’ss, la mueblería Reuben Gold’s, la tienda departamental Myerson’s White House y la KEVT, la primera estación en español de Tucsón, en Congress y Convent. Cerca está Jake’s, una hamburguesería punto de encuentro.
Las memorias del barrio son borrosas para muchos tucsonenses. Para otros, esos que fueron directamente transgredidos por la destrucción masiva, una nube negra se posa sobre su reserva de recuerdos. La pérdida de la casa o el negocio aún duele.



