Uno de los temas más obviamente incomprendidos cuando se observan los asuntos políticos y sociales de una nación es, sin duda alguna, el de los impuestos. Por otro lado, quienes dicen que la historia es como un péndulo que va de un extremo a otro en relación a los asuntos más apremiantes para un país, tienen toda la razón.
La “revolución de Ronald Reagan” hizo en su momento mucho de lo que tenía que hacerse en materia fiscal y regulatoria, porque así lo reclamaba la situación de Estados Unidos, y de hecho de todo el mundo. Se venía de décadas estatizantes tanto en naciones industrializadas como en aquellas en desarrollo.
Reagan y Margaret Thatcher, en Inglaterra, lideraron ese esfuerzo liberador de los negocios y tendiente a la disminución del rol del Estado en el desarrollo social. Ojo, digo “tendiente” y no en realidad desmantelador de las redes de protección social.
De la misma forma que ellos -y posteriormente otros gobiernos, incluido por ejemplo el de México- enfrentaron en su tiempo tremendas resistencias debido a inercias políticas que no concebían que se delimitara el gasto, que se trabajara con políticas fiscales que a veces podrían ver oportuno disminuir impuestos, y en general que se sanearan las finanzas públicas, ahora vemos el mismo tipo de dinámicas, pero en sentido opuesto.
Hoy que estamos ante el agotamiento económico del antigobiernismo, es en el terreno político en donde en no pocas naciones se está generando una enorme presión por parte de aquellos que, por lo visto, asumen al mundo a finales de los 70s, y para muestras ahí está el Tea Party.
Casi se asocia la idea de la recaudación de impuestos para que el Estado pueda cumplir con su papel de garante de los mínimos derechos sociales de la población con la de cometer un pecado capital. No se comprende que tiempos traen tiempos.
Así como la Nueva Economía y la Globalización son realidades que llegaron para quedarse, no puede corresponder a ningún actor más que al Estado el establecimiento de equilibrios mínimos que garanticen no sólo el alivio de necesidades apremiantes de la población y la generación de oportunidades de desarrollo para todos, sino la mismísima paz social indispensable precisamente para que las empresas, grandes y pequeñas, puedan engendrarse y florecer.
De hecho, a eso también se le puede llamar de otro modo: podemos llamarle apoyo para el desarrollo de mercados. ¿Qué puede necesitar más una empresa grande o pequeña que mercados sanos y demandantes?
Así como los liberalizadores de la economía en los años ochenta enfrentaron a aquellos que anacrónicamente pretendían continuar en los sesentas y en los setentas, ahora encontramos por doquier a aquellos que, antes de decir otra cosa, sueltan el nombre de Reagan y de Thatcher para justificar lo que ya se convirtió en radicalismo ideológico.
Sólo hay que observar un hecho muy interesante en el discurso antiimpuestos, y de hecho antigobierno: este prácticamente no es empujado ni por la gran empresa ni por reconocidos líderes empresariales que jamás pudieran ser acusados precisamente de izquierdismo o de ser simpatizantes del derroche público. Eso se debe simple y sencillamente a que una cosa es una cosa y otra es otra.
Si bien nadie medianamente informado puede estar a favor del despilfarro gubernamental que también sigue y seguirá existiendo hasta cierto punto en todas las naciones, tampoco nadie en su sano juicio puede realmente creer en el que “cada quien le haga como pueda”.
Si la razón no es compasión, o alguna de tipo moral o ético, al menos tiene que ser práctica y de conveniencia general.
El mito de que Estados Unidos llegó al nivel de desarrollo que llegó basándose solamente en la libertad empresarial y en la, por épocas, baja intervención del gobierno, es sólo eso, un mito. El desarrollo americano tiene su base en eso, sí, pero también en la democracia, en el orden y en la institucionalidad, en el imperio de la ley, y sí, también en el papel del gobierno para ir paulatinamente atajando la desigualdad social, comenzando con la educación pública y hasta cierto punto la salud.
Instituciones como el Seguro Social, Medicare y Medicaid, con todo y su cúmulo de vicios e imperfecciones, son tan motivo de orgullo para Estados Unidos como cualquier hito empresarial.
Si cualquiera de esos factores se ve afectado, el país sufre, incluido el desarrollo de los negocios.
Los hombres de negocios verdaderamente informados acerca de cómo funciona la macroeconomía, y que no asumen que el mundo empieza y termina en sus oficinas o en sus hojas de balance, entienden esto perfectamente. Por ello, dejan las cantaletas ideológicas a los demagogos y a los que creen que saben, pero no saben tanto.




