Ernesto Portillo

Ernesto Portillo in the Star studio, Thursday, June 5, 2014, Tucson, Ariz. Photo by Kelly Presnell / Arizona Daily Star

En nuestra casa, el viejo cooler está funcionando y gimiendo, marcando la llegada de las lluvias de verano y los raspados. Conforme las nubes que anuncian el chubasco se agrupan en onduladas torres blancas, el cooler ruge.

Y con ello viene un río de recuerdos de los veranos pasados, cuando yo era indiferente al calor, me asombraba del poder de la lluvia y me encantaba la cacofonía de los truenos.

Cuando crecía en San Rafael Avenue, al norte del Hospital St. Mary’s, un arroyo corría atrás de la casa. La mayor parte del año estaba seco e invitaba a los muchachos del barrio a explorar, esconder nuestros tesoros y recrear las películas a blanco y negro de la guerra que veíamos en la televisión. Pero en la temporada de lluvias se convertía en nuestro río torrencial, lleno de furia y gritando “peligro”.

Cuando llegaba la noche y el termómetro se veía razonable, la calle se convertía en nuestro parque hasta que regresábamos a nuestras casas, ya fuera de motu propio o al llamado de nuestras mamás.

Años después, cuando la familia se mudó a Armory Park, la vieja biblioteca del centro en South Six Avenue se convirtió en mi guarida de verano. Encontré el respiro fresco perfecto para escapar de las temperaturas de tres dígitos.

Para muchos tucsonenses, esta es nuestra temporada de disfrutar y recordar.

Charlotte Leon Weakland recuerda con placer los veranos de su juventud. Su familia vivía en un apartamento en West Cushing Street, en el viejo centro ahora cubierto por el Centro de Convenciones de Tucsón. Eso fue durante la Segunda Guerra Mundial, en los días en que no había refrigeración para muchas familias de Tucsón.

“Dejábamos las puertas abiertas, las de enfrente y las de atrás”, dijo. La brisa nocturna fluía por del departamento de techo alto, refrescándolo.

Cuando no hacía viento para ahuyentar el calor, la familia dormía afuera en una cama.

“Ni siquiera los mosquitos nos molestaban”.

De niña, a Weakland le encantaban las noches de verano en Tucsón, jugando en las calles llenas de agua o caminando hacia el viejo Cine Plaza en West Congress Street para ver las películas mexicanas y presentaciones en vivo.

Lo que más recuerda Carmen Soto Sieger sobre el verano es el aroma.

“El olor a lluvia era mayor entonces. Solíamos percibir ese aroma en las tardes”, dijo.

Muchos viejos tucsonenses te dirán lo mismo. El olor del suelo desértico y de la vegetación era más pronunciado en esos días. Había más desierto y menos concreto y asfalto que ahora.

La familia Soto vivía en la esquina de South Fifth Avenue y West 25th Street. Había un porche cubierto donde la familia dormía en las noches más calientes.

“Ahí había una gran cama, y mi mamá y mi papá y yo nos subíamos ahí”, dijo. Cuando no estaba lloviendo, ellos dormían afuera en catres.

Aunque algunos de sus vecinos se defendían del calor del verano improvisando, los Soto tenían un cooler.

“Mi papá estaba muy orgulloso cuando lo compró”, dijo.

Pero requería trabajo. Su papá envolvió el cooler en una bolsa de yute que tenía que ser mojada constantemente. Si no, el cooler sólo echaba aire caliente.

Un recuerdo especial de aquellas noches de verano era escuchar a los muchachos más grandes del barrio tocar las guitarras y cantar canciones populares. Se reunían en la esquina o en lotes baldíos.

Algunos de los muchachos, agregó, se embarcarían después a la guerra en Europa o en el Pacífico. Unos cuantos no volvieron.

La tucsonense Mina Estévez Félix creció cerca de Los Ángeles pero pasaba los veranos en casa de su abuela en el centro de Tucsón, en West Council Street, atrás de lo que es ahora el YMCA.

“Solía llover todas las tardes. En cuanto paraba la lluvia, mi amiga y yo nos parábamos bajo el árbol de paraíso (chinaberry tree) y lo sacudíamos muy fuerte. Y volvía a llover”, dijo.

Dormían afuera cuando podían y a ella le encantaba especialmente escuchar el tintineo de la lluvia en el techo de lámina de la casa de su nana.

Para la siesta vespertina, su nana la ponía a dormir en un tapete húmedo en el piso. En la casa había un cooler que su abuela atendía, asegurándose de que la paja no se secara, dijo Félix.

“El calor no era el gran problema que es ahora”, dijo.

La delicia del verano era ir manejando, despacio, al área de Sabino Canyon, donde los pequeños productores cultivaban fruta y verdura. Félix amaba los tomates.

“No me importaba nada más que los tomates”.

Los sábados en la tarde, ella y otros niños llenaban el cine Fox Tucson en la calle Congreso para ver caricaturas y series o presentaciones en vivo y festivales. Era el lugar de reunión del Club de Mickey Mouse.

“Todo mundo pertenecía al club”, recordó Félix.

Y todo mundo tiene un verano de recuerdos y experiencias.

Es nuestro tiempo especial en el desierto.


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Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo al 573-4187 o en netopjr@tucson.com.