Martin Mendoza (new)

A todos los padres que también son madres, en alguna medida

Aproximadamente a la mitad del camino entre el “Día de la Madre” y el “Día del Padre” en este 2016, me parecen pertinentes algunas reflexiones al respecto. Este tema –el papel de la madre y del padre de familia como verdaderas columnas de toda sociedad- tendría que ser más central en nuestro diálogo y discurso social diario.

Desafortunadamente, queda enterrado debajo de la politiquería coyuntural (como por ejemplo los ciclos electorales, que ya parecieran ser permanentes, por cierto, debido a las nuevas tecnologías de telecomunicación) o, curiosamente, es manejado de una manera también totalmente politizada, como vehículo para empujar teorías y posiciones mal llamadas “progresistas”, pero que lo que menos buscan es la real solidificación de la familia como núcleo básico en cualquier comunidad.

No hay que olvidar tampoco la infinita hipocresía de la extrema derecha en este país, que desde el otro polo, pero del mismo modo, sólo busca “llevar agua a su molino”.

En resumidas cuentas, podemos decir que el balance en las últimas décadas no es muy favorecedor para el hombre, para el padre. Sin que esto signifique tampoco que estamos los padres libres de responsabilidad ante el desequilibrio de aprecio (en relación a la madre) con que sociedad, e inclusive Estado, nos obsequian.

No hemos sabido reclamar nuestro verdadero lugar en esa mini estructura social llamada familia, más allá de clasificarnos en distintos niveles de eficacia y eficiencia en cuanto al papel proveedor. Por lo mismo, tampoco, como grupo social, como segmento demográfico, ni como figura por muchas razones indispensable tanto para la procreación como para el desarrollo de los hijos, hemos demandado la gratitud que se nos debe. No tenemos cara para decir nada.

Mientras que a la mujer se le reconoce cada vez más el terreno ganado a pulso fuera de la casa, sin que ello disminuya ni un ápice la ancestral –y por demás absurda- idea de que como madre es infalible siempre, al hombre se le escamotea el mínimo agradecimiento por tomar responsabilidades en la crianza de los hijos tradicionalmente reservadas para mamá.

Lo que sucede es que no estamos tampoco tomando esos roles con el entusiasmo debido, ni en forma tan generalizada como para que se vuelva algo que haga sentido reconocer mas allá de casos particulares.

Lo hacemos por excepción, “porque no hay de otra”. Existe una confusión social acerca de qué pensar cuando el hombre hace más de lo que se espera de él en el manejo de los hijos, así haga menos o no de lo que sí se considera su deber u obligación.

El padre no ha acabado de entender que necesita ser “algo de madre”, que su involucramiento en los pormenores de la familia es en verdad crítico y que a cambio puede exigir, si no honores, al menos sí un mínimo de respeto.

El feminismo como postura política y corriente cultural es tan miope –y tan torpemente egoísta– que no ha acabado en realidad de abrazar la idea de que una madre puede realizarse más como mujer en la medida que el padre –si está presente, obviamente- asuma responsabilidades que alguien nos metió en la cabeza eran sólo cosa de mujeres. No ha comprendido que eso de jugar todos los roles al mismo tiempo y a la perfección son buenos deseos, más que otra cosa, y por lo tanto la ayuda es necesaria.

Cada quien desempeñándose en donde la circunstancia lo ha puesto. Ese debería ser el espíritu del juego. Claro que toda colaboración tiene un costo, y en este caso es la participación del padre en la toma de decisiones acerca del cuidado de los hijos. Esto último es algo que quita el sueño a muchas mujeres, ya que el hombre, en su corto entender, no está “capacitado para saber en forma natural qué requieren los hijos”. Monumental absurdo.

Pero el hombre, como padre de familia, necesita también despojarse fundamentalmente de dos cosas. La primera es el falso sentido de hombría, o sea el machismo. La segunda, y tal vez el verdadero obstáculo hoy día, es la flojera, la enorme pereza que produce el sólo pensar en reinventarse como persona, como individuo, como hombre, vaya.

Ese temor a la minucia, al detalle, a la dimensión desconocida que es para muchos el cuidar –en serio, asumiendo total responsabilidad y no sólo como esporádica vacilada- a los hijos, y hacerse cargo, así sea parcialmente, de una casa.

Como latinos nos encanta el mito y el sentimentalismo barato. En este tema ambos se hacen presentes y nos alejan de la formación de familias, de comunidades y de sociedades más redondas, más habilitadas, más humanas y hasta más realistas.

Este es un ejemplo de ese tipo de revoluciones de las que pocos “revolucionarios” hablan. ¿Por qué será que no me extraña?


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Contacta a Martín F. Mendoza en: mfmtuc@yahoo.com.