Permítame utilizar esta expresión –Decadencia en fast forward- con la que titulo la columna de esta semana para resumir cómo veo las cosas ante el increíble, inaudito, y escalofriante arribo de Donald Trump a la Casa Blanca.
Puede ser, estimado lector, que la misma le resulta chocante por el anglicismo aparentemente forzado. Compartiría el sentimiento, pero hay ocasiones en que hay que echar mano de recursos idiomáticos, digamos, irregulares, para tratar de dar más nitidez a nuestras ideas y así ponerlas a su consideración.
No lo creímos y/o no quisimos creerlo. El “¿Qué pasó?” tiene todavía un largo camino por recorrer y, como todo, al final repararemos en la naturaleza multifactorial del resultado de esta elección. Mientras que muchos, muchos observadores no le dábamos a Trump la menor oportunidad de ganar y nos regodeábamos en las razones que harían imposible el grotesco escenario al que nos enfrentamos, la naturaleza humana hacía su trabajo por otro lado.
Sí, esa naturaleza humana que ante la apertura, ante la igualdad, ante la democracia, vaya, puede “hacer y deshacer”. Sí, para bien o para mal. Por ahí me quedo yo en cuanto a explicaciones. Hay cosas que se hacen “porque se pueden hacer”, o como se suele plantear hoy día, “por rabia”, por “hartazgo”, por “indignación”.
El problema es que la rabia, el hartazgo y la indignación no suelen resolver los grandes problemas, más bien todo lo contrario, con frecuencia es como lanzar gasolina sobre el fuego.
El fast forward, esa función de algunos aparatos electrónicos para adelantar vertiginosamente imagen y sonido a voluntad del usuario y que puede ayudarnos a en unos segundos a recorrer horas de material audiovisual es algo que no puedo quitarme de la mente en estos días, cuando analizo lo sucedido.
¡Es que de JFK a DJT ha transcurrido apenas medio siglo! Del conservadurismo ciertamente no infalible, pero sí básicamente decente de Reagan, a hoy día, todavía menos. ¡Es nada en un horizonte histórico! Un muy corto periodo en la línea del tiempo de las naciones, aunque, claro, estoy consciente de que también se apela con frecuencia a aquello de que en política, un día, un mes o un año son en realidad una eternidad.
La franca decadencia de los valores americanos de los que al fin y al cabo emanan los sueños, las aspiraciones, las instituciones, la democracia del país excepcional, de la nación fiel de todas las balanzas, es no sólo una realidad, sino que parece haber sido puesta, de nuevo, en fast forward.
Un tramposo en los negocios, un evasor fiscal, un auto confeso delincuente sexual, ya no digamos un ignorante redomado, un populista sin rumbo, un tipo que no tiene la menor idea de ideologías, mucho menos de políticas públicas, y que lanzó su campaña desde una cruda plataforma racista, xenofóbica, para después convertirla en un circo, es el líder del mundo libre hoy por hoy.
En esa mente retorcida descansa no sólo el futuro, el bienestar, y la seguridad del planeta y de la humanidad, sino, literalmente, su mismísima existencia. ¡Felicidades América!
La derrota fue tal vez mayor para el presidente Obama que para Hillary Clinton; el golpe al Presidente fue brutal, espantoso. Un Presidente al que le podremos y le hemos criticado muchas cosas, pero cuya clase, dignidad e inteligencia emocional están a prueba de todo, como lo demostró al encarar este absurdo que el destino le preparó: entregar el gobierno de Estados Unidos a un desquiciado.
¡Barack Obama! Por más que consideremos que nos falló en algunas cosas, ¡cómo se le va a extrañar!
El partido republicano no sólo no colapsó sino que tiene la Casa Blanca, el Senado y la Cámara de Representantes, además de que muy probablemente impondrá jueces radicales de derecha en la actual y próximas vacantes de la Suprema Corte.
Demografía es destino, sí, claro, pero eso es muy poco consuelo hoy día. Cuando la marea populista, que no sabe ni quiere saber nada, empiece a bajar, nos habremos dado cuenta de que el precio habrá sido muy alto.
Seguro de salud, inmigración, relaciones interraciales, control de armas, comercio internacional, relaciones con la prensa, las relaciones con México y con el mundo entero, de hecho, son áreas en donde el país sufrirá. Ello porque, en el mejor de los casos, si Trump resulta un mandatario pasivo y desinteresado, como algunos creen, el republicanismo que lo rodea no es en realidad mucho mejor que él. Recordemos que Trump es el síntoma, no la enfermedad.
Tal vez el cielo no se está cayendo a pedazos, no aún, al menos, pero a mí todo me dice que más nos valdría cubrirnos.
Aun así, le deseo siga teniendo un excelente Fin de Semana de Dar Gracias. Lo digo en serio, por favor créamelo.




