De la misma forma que el problema no es que en realidad Donald Trump vaya a cumplir su ridícula agenda antiinmigrante, tampoco lo son los plañires y desplantes engañabobos de Jorge Ramos, o su descarado oportunismo y autopromoción de la que hace gala en mancuerna con la empresa para la cual trabaja. ¿Entonces, en qué consisten el o los problemas?

El problema con Trump es lo que él representa, o sea la cobardía de un partido republicano que lo creó y ahora no sabe qué hacer con él, así como una buena fracción de la sociedad estadounidense lo suficientemente prejuiciada y desinformada como para darle la posición que hoy por hoy tiene en las encuestas.

Las consecuencias de ello son la posible influencia en el resultado de la primaria (que no ganará, definitivamente) y su impacto en el futuro de su partido, así como en el mismísimo bipartidismo estadounidense. Todo ello todavía está por verse y promete ser fascinante en su estudio.

El problema en relación a Ramos estriba -de la misma forma– en el nivel de desinformación de un buen segmento de la población hispana, comenzando con el inmigrante. Desinformación que él ha contribuido enormemente a crear.

El “relajito” premeditado que armó Ramos en la conferencia de prensa de Trump la semana pasada y las reacciones al respecto de la población indocumentada nos estrellan contra una realidad triste, dolorosa, frustrante. Nos ilustra acerca de lo inerme que este segmento de la sociedad se encuentra ante la manipulación desalmada por parte de no pocos medios en español en Estados Unidos, comenzando con Univision y su punta de lanza, el fariseísmo de Ramos.

Si me piden elegir qué conlleva mayores peligros, me quedo con lo que se relaciona con Ramos, y aquí van las razones. Mientras que Trump no deja de ser un riesgo, la realidad es que el sistema político e institucional de una nación como Estados Unidos lo sitúan todavía lejos de que su muy dañado – y dañino- discurso se convierta en realidad. Trump alucina e incita a otros a alucinar. Claro, el factor cultural que tan frecuentemente ignoramos, también plantea peligros porque finalmente va incidiendo en la conciencia y en el actuar de la gente común y de los políticos, y así puede ir creando poco a poco condiciones legales e institucionales más adversas para el inmigrante. Pero de momento hay más de temor, y francamente de “mitote”, que de otra cosa.

Mientras, el caso de Ramos es peor porque es la cara, el representante, de un modelo de negocios perverso que abusa y explota la desinformación tal vez no del hispano en su totalidad, pero sí la del inmigrante. Lo hace en todos los aspectos de su negocio, pero especialmente en el informativo y mas específicamente en el tema de inmigración. Lo hace hablando bonito, haciéndole creer al inmigrante que está en lo correcto en todo, que no tiene mayores responsabilidades para con este país. Lo hace no contribuyendo a la integración plena de la gente a esta nación (en independencia de su calidad indocumentada), aislándola, a pesar de su discurso, en una especie de subcultura que por cierto nada tiene que ver con las verdaderas raíces culturales de todas las naciones de donde provenimos los inmigrantes.

Lo hace, en pocas palabras, deformando la conciencia del inmigrante al plantearle que las formas de hacer las cosas en este país no tienen nada que ver con nosotros, los inmigrantes.

Si alguien tiene duda de eso, solo hay que analizar la actuación, nada edificante, de Ramos en esa ya afamada conferencia de prensa de Trump. Este íltimo salió perdiendo, sí. Pero no sólo por su estilo abusivo y de confrontación de siempre, sino porque Ramos sencillamente lo supera en manipulación, ya que conoce a su mercado mejor de lo que Trump conoce al suyo, y eso ya es mucho decir. Pero eso no significa que Ramos tenga razón, la tuvo más, y en todo caso, Trump, si somos honestos.

Los inmigrantes no necesitamos que se siga reforzando la idea de que no atendemos leyes, procedimientos o sistemas, de que no sabemos lo que es el sentido común y el mínimo respeto a los foros en donde estamos y a la gente con la que interactuamos. ¿Todo para qué? ¿Buenas preguntas? ¡Por favor! Fue el mismo sonsonete discursivo de siempre de Ramos, que no conoce lo que es cruzar la información o escarbar más en los antecedentes o en las implicaciones de los temas que maneja.

Él no estaba ahí para deleitarnos con sus santimonias sino para, en forma concisa y precisa, lanzar preguntas que Trump no pudiera esquivar so riesgo de aparecer como un tonto. Ramos jamás ha sido capaz de eso, tampoco lo necesita, por mucho tiempo ha alimentado al monstruo del desconocimiento que hoy le aplaude y que no articula más razones que insultar a Trump de mil maneras en las redes sociales. De manifiesto ha quedado nuestro nivel político y cultural de nuevo. Eso hay que agradecerselo al periodismo histriónico de Ramos.


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