Pónganla como la pongan, el hecho de que la gente de Tucsón haya tenido que esperar 42 días para ver el servicio de transporte urbano regularizado, es un fracaso. Un gran fracaso para la ciudad.

Y es que parecería una mala broma que siendo la capital de “Southern Arizona” un enclave liberal, bajo el control político de aquellos que privilegian los derechos de la clase trabajadora, precisamente hayan sido los trabajadores locales los más golpeados por este problema.

Qué interesante sería poder estimar y tener números confiables al respecto de cuántas horas de trabajo perdió la gente de Tucsón, incluso cuántos empleos, así como jornales (trabajos de corto plazo, día por día en forma independiente) también.

Ya no hablemos de consultas médicas, citas legales, por ejemplo en las cortes, horas de educación en escuelas y programas independientes (en forma muy cercana, escuché comentarios acerca de cómo la huelga en Sun Tran afectó a estudiantes adultos de inglés, casi todos inmigrantes).

Luego, poder saber acerca de cómo el comercio (tiendas, restaurantes, etc.) también se vio afectado, porque la gente que no tiene el privilegio de contar con carro propio simplemente tuvo que hacer menos aun de lo que normalmente puede hacer fuera de su vecindario. Una verdadera desgracia de la que muchos no toman nota por no encontrarse en esa situación.

Es cierto, hubo un esfuerzo y un gesto de todas las partes involucradas para dejar funcionando al menos ciertas rutas clave, sobre todo “entresemana”. Hay que reconocerlo, pero obviamente esto no fue suficiente.

Las características fundamentales buscadas en cualquier sistema de transporte público tienen que ver con eficiencia, valor, etc., pero entre ellas sobresale el hecho de la certidumbre de poder usarlo, es decir, de que esté ahí siempre.

Y claro, por supuesto, durante todo este tiempo, y como limón en la herida, se pudo observar el majestuoso, precioso, limpio, imponente, tranvía que la ciudad echó a andar no hace mucho. Lástima que generalmente corra vacío. Bueno, un servidor dice eso porque tal vez no lo ha visto en las noches de fin de semana, en donde cumple la básica, importantísima función social de transportar estudiantes desde la Universidad de Arizona al sector “Downtown” para que puedan divertirse con toda confianza y sin las molestias y riesgos propios de conducir un automóvil después de haberse tomado unas cervezas.

Es muy probable que en esos periodos de la semana sí lleve bastantes pasajeros. Algún día tendré la oportunidad de corroborarlo. Desearía que la gente que no podía llegar a su trabajo por la huelga en los autobuses también la tenga, aunque no estoy muy seguro de ello.

Es muy importante dejar claro que nadie está afirmando ni implicando que estos asuntos sean fáciles. La forma en cómo está estructurada la prestación del servicio en muchas ciudades del país, incluida Tucsón, no es a través de un trato directo entre dichas entidades de gobierno y los trabajadores encargados de prestar el servicio.

Cuando intervienen otras entidades privadas como intermediarios es lógico y natural que nada sea sencillo. Si el “charter” de una ciudad no permite huelgas de sus trabajadores, por ejemplo, y hay fuentes de financiamiento como el gobierno federal que condicionan tales dineros al hecho de que los trabajadores tengan a salvo todos esos derechos, tenemos de entrada una razón para que las jurisdicciones de gobierno vean en el “outsource” una solución a tal dilema. Lo malo es que de los trabajadores no sindicalizados que no representan tanto en lo político-electoral, como la mayoría de los usuarios de Sun Tran, nadie se acuerda.

Esas empresas operadoras, perteneciendo a su vez a más grandes corporaciones nacionales y/o internacionales a las que tienen que responder como el caso de Professional Transit Managemnet (PTM) con Transdev, son sujetas también a rígidas presiones a la hora de negociar. Todo eso debería ser entendido por todos los ciudadanos.

Sin embargo, al final la responsabilidad política por no dejar a una buena parte de la población de la ciudad “a pie” sigue siendo de los gobiernos que toman esas decisiones tanto de corto como de largo plazo. No nos confundamos. Incluso si situaciones como las que acaban de ocurrir son inevitables, es totalmente legítimo cuestionar qué estará haciendo la ciudad para que no vuelvan a ocurrir, al menos no muy pronto.

Una cosa quedó clara en esta ocasión, la empresa que maneja el transporte público de Tucsón no tiene miedo de las huelgas ni de los sindicatos, su estrategia global es doblar a éstos a través de la espera y la inacción. A la larga es mejor negocio y la capacidad para ello la tiene. Ojalá la ciudad haya tomado nota después de este fiasco.


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