A semanas del fallecimiento del afamado cantautor Juan Gabriel, vale la pena hacer algunas reflexiones relativas. Las razones para ello son la enorme popularidad del mexicano y, por ende, las impresionantes muestras de pesar por su muerte en prácticamente todo el mundo, así como las discusiones sobre otras salientes a las que ha dado lugar su partida.
En lo personal, jamás fui aficionado a su música, pero, por supuesto, eso es lo de menos. Hay quienes consideran enormes sus talentos artísticos y hasta lo categorizan como un poeta. Tal vez mi falta de educación para la apreciación de las artes es lo que no me permitió observar tales dones, ni en sus ordinarias letras ni en su ciertamente híper comercial música.
Para un servidor, sin embargo, lo que sí puede considerarse a Juan Gabriel, que en paz descanse, es un genio de la mercadotecnia. Eso no es poca cosa.
Si partimos de que para resolver las necesidades de un mercado primero hay que conocerlas, comprenderlas, definirlas, tenemos que ver al Divo de Juárez como un individuo que entendió instintivamente lo que su público quería como muy pocos artistas.
Afirmar tal cosa es particularmente válido en referencia a su público masculino, dada la innegable y natural dificultad de éste para expresar tales anhelos. Después de todo, ¿cuántos aficionados, digamos a la música ranchera, podrían manifestar sin la existencia de un artista como Juan Gabriel su gusto por un mariachi vestido en colores pastel?
¿Cuántos fans de Vicente Fernández o aquellos que recuerdan a José Alfredo Jiménez, o a los inmortales Negrete, Armendáriz o incluso el súper carismático Pedro Infante, declararían su afición por una forma de interpretar los apasionamientos y los desencantos amorosos como la de Juan Gabriel? Muy pocos, a pesar de haber un enorme traslape en admiración, en públicos.
En realidad, lo que el público de Juan Gabriel quiso y obtuvo de él era sumamente difícil de anticipar. Tuvo primero que surgir Juan Gabriel y en forma valiente y segura entregarlo. Autenticidad y coraje, y por supuesto trabajo brutal, fue lo que hizo a Juan Gabriel el monstruo comercial que fue.
A propósito de trabajo, impresionante me pareció el rictus de dolor en el rostro del cantante que podía apreciarse en los últimos tiempos durante sus presentaciones. Cansancio, fatiga e incluso enfermedad descuidada es mi interpretación de ello, lo cual sólo otorga otra línea que reconocerle en su trayectoria.
Ahora bien, los excesos en que los medios y otros individuos y entidades han incurrido al recordar su larga carrera, son otra cosa, y para nada buena. Son reflejo, por un lado, de la prensa de espectáculos, zalamera, exagerada, carente de proporciones -y si no, ahí están las cadenas en español aquí en Estados Unidos que no me dejaran mentir- y, por el otro, del cáncer de la corrección política en México.
Por ejemplo, cuando se alaba su filantropía, creo se debería de abundar más, entrar en mayor detalle, ya que no es justo para Juan Gabriel que estos halagos parezcan más una de sus malas canciones que realidad. Se necesita información que por otro lado compense su, esa sí bastante documentada, proclividad a la evasión de impuestos.
Luego, ahí están los que dicen que Juan Gabriel “hizo mucho por los derechos de la comunidad homosexual”. Absurdo, aparte de lucrar en lo artístico con ese estilo tan propio, Juanga jamás se comprometió ni arriesgó por idea o causa social alguna; por el contrario, su acendrado priísmo, que ya tantos han olvidado en México, fue rasgo de su conservadurismo, de su conformidad con el statu quo en prácticamente todo asunto político. A menos que haya quien considere compromiso aquella lacónica respuesta de “lo que se ve no se pregunta, mijo”, cuando un periodista le cuestionaba hace unos años en entrevista para la tv si era gay.
Pero de lo más feo, Juan Gabriel tiene todavía menos culpa y se relaciona con la nueva censura en México. No, no la que impone directa y abiertamente un gobierno como en el pasado lo hizo el régimen priísta, sino aquella en donde distintos agentes sociales, incluido al gobierno, entran en colusión y en forma irónica castigan no a quien se meta con ellos, sino a quien ose tocar con el pétalo de una rosa lo protegido por la corrección política, lo “diferente”. Ello, aunque la diferencia más importante en una sociedad, la de la palabra, la de la expresión, sea pisoteada como trapo viejo.
La salida de Nicolás Alvarado de la Dirección de TV UNAM por sus mordaces críticas a Juan Gabriel, efectuadas en su sarcástico estilo y aparecidas en su columna de Milenio, es un atentado a la libre expresión, quieran vendérnosla como gusten los defensores de “lo diferente”. Diferente mientras sea reflejo sólo de sus ideas, claro está.




