El Papa Francisco definitivamente superó todas las expectativas en su visita a Estados Unidos la semana pasada.

No dejó a “nadie sentido”, ni en fondo ni en forma. El Papa no vino a promover modelos económicos porque, para acabar pronto, esa “no es su chamba”, aunque ello tampoco significa que no entienda qué es lo que funciona y lo que no en esos terrenos. Si acaso, al respecto lo que hace es señalar los innegables excesos de las economías de mercado.

Tampoco vino a ofrecer el desmantelamiento de la doctrina fundamental de la Iglesia Católica, lo cual significaría, entre otras cosas y en los sueños de muchos, dejar de oponerse al aborto y apoyar los matrimonios entre individuos del mismo sexo. Él no tiene por qué hacerlo y no lo hará, pero sí se observó cómo continuó promoviendo su mensaje acerca de la necesidad de una mayor tolerancia aun ante aquellas conductas o acciones que van en contra de los principios de su Iglesia.

En realidad, la ecuación es sencilla, el que haya bastantes que no quieran entenderla es otra cosa.

El Papa no tiene nada que ver con el capitalismo ni con cuál es el grado en que el Estado tiene que intervenir para regularlo. Tampoco con los tiempos políticos que dictan que hoy deben ser aceptadas determinadas prácticas entre los individuos que no lo eran tan solo hace unas décadas, ya que su misión como jefe de la Iglesia es en realidad atemporal.

Se puede o no estar de acuerdo con él, eso es otra cosa. Lo que no se puede es hacer que él se ajuste a nosotros.

Republicanos y demócratas deberían estar avergonzados por algunas de las expresiones emitidas en los últimos tiempos por algunos miembros de ambos partidos, por no acabar de entender que la dimensión del Papa es otra y que por lo mismo nadie está obligado a obedecerlo cuando de hacer política (el trabajo de ellos) se trata, pero que tampoco es muy inteligente que digamos el insistir en que el Papa se avenga a sus visiones paradigmáticas del mundo.

Hablar con comedimiento y humildad no es dejar de hablar claro y contundente. El escándalo es una cosa, la razón es otra y eso lo entiende y lo pone en práctica a la perfección Francisco. Es un Papa que comprende que hay cosas qué cambiar, sin que eso signifique modificar la doctrina de la Iglesia, que sabe cuál es su lugar y no teme ocuparlo.

Después de la enorme semana vivida por la visita de Francisco, sería lo más natural que todos nuestros comentarios giraran alrededor de éste, pero John Boehner, el vocero de la Cámara de Representantes y acreditado como el artífice de la visita y discurso papal en la Cámara, nos dio una de esas “sorpresas esperadas”, si se me permite la contradictoria expresión.

No bien Francisco dejaba Washington para continuar su viaje por el país, Boehner anunciaba su renuncia como speaker de la Cámara y a su asiento como representante de su estado, Ohio.

Ello efectivo para el fin de este mes de octubre.

Aunque posiblemente los tiempos elegidos por Boehner agregan un innecesario tinte dramático a su decisión, lo importante es que ésta tiene mucho que ver con el extremismo desbocado de no pocos miembros “destacados” de su partido.

Al fin, y en forma más que curiosa, su salida tiene que ver con su oposición a ese mismo radicalismo que no comprende que el Papa no es el abogado del capitalismo ni de los libres mercados, por más que éstos sean algo, en términos generales, bueno y positivo para Estados Unidos y para el mundo.

Pareciera que John Boehner estaba sólo esperando cumplir con su declarado sueño de traer al Papa a la Cámara para inmediatamente “aventarle” con su curul y su puesto de liderazgo a un Partido Republicano que por lo visto ya no entendió que está suicidándose, y no precisamente en forma lenta.

No se puede culparlo.

Después de una larga y destacada carrera, sencillamente ya no tuvo ganas ni estómago para pasar por otra locura de sus correligionarios, o tal vez dos, más bien. Ello porque por un lado continúan las presiones para intentar un nuevo “cierre del gobierno” por el asunto de Planned Parenthood, así como la amenaza de un nuevo voto en su conferencia para reemplazarlo como líder máximo del partido en la Cámara. Boehner seguramente pensó, ¿qué necesidad tengo yo ya de eso?

De cualquier forma, el partido – por la demencia de unos y la cobardía de otros- no parece tener remedio en el corto plazo.

¿Qué mejor que irse con un fresco recuerdo de ese regalo que fue el discurso de Francisco a la sesión conjunta del Congreso en la Cámara de Representantes, al que él contribuyo tanto y lo movió hasta las lágrimas?

¿Y de “los demás” qué hay que decir después de todo esto? ¡No mucho, la verdad!


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