Por Luis F. Carrasco

La Estrella de Tucsón

Sandra Yessenia Argüelles Zazueta está sentada en su silla de ruedas, esperando a que cambien su vida.

La joven de 20 años hizo el viaje de ocho horas en camión de Ciudad Obregón a Nogales, Sonora, con su madre y hermano a su lado, para estar al frente de la línea en la clínica de prótesis ofrecida por Proyectos para Inclusión Arizona Sonora Border.

La luz matutina alumbra el espacio industrial que el grupo ocupa mientras Sandra entra al edificio. Sonríe entre bostezos.

“Estoy nerviosa y tengo sueño”, dice. “Es raro”.

Voluntarios llevan a Sandra Yessenia y a su madre detrás de una partición de privacidad, donde esperarán al técnico protesista.

Sandra Yessenia está ansiosa por regresar a la escuela, por entrar a la cocina y ayudarle a su madre con la cena, por moverse el copete cuando cae frente a sus ojos, todas las cosas que antes hacía y daba por hecho.

Han sido menos de seis meses desde que una infección forzó la amputación de sus piernas a las rodillas y sus manos hasta sus nudillos. Pero mientras que su cuerpo sufrió, su espíritu nunca se quebrantó. Sigue siendo la misma joven feliz que enfrenta a la adversidad con determinación.

“Ella es la que me daba ánimos”, dice su madre, Sandra Zazueta. “Yo lloraba mucho al principio”.

Sandra Yessenia dice que tiene fe en que las cosas saldrán bien.

“¿Por qué estar tristes si estamos vivos?”.

Aunque Zazueta recibe la pensión de su esposo y su hija mayor trabaja, la familia es humilde y no cuenta con los recursos para solventar las prótesis que Sandra Yessenia necesita.

Casos como el de ella son la razón por la existe el grupo de Proyectos para Inclusión Arizona Sonora Border.

Una verdadera necesidad

El grupo, conocido como ARSOBO, nació de una conferencia fronteriza sobre discapacidades efectuada en el 2008.

Burris Duncan, un profesor de la Universidad de Arizona, quería ir más allá de una conferencia de unos cuantos días y crear algo permanente.

“Queríamos tener aparatos médicos, construidos por las personas que los usan, y entregárselos a la gente que los necesita, pero no podía pagar todo el costo”, dice Duncan.

Después de algunas dificultades económicas, el grupo pudo contratar a Francisco Trujillo como administrador de la operación en México y a Gabriel Zepeda para que comenzara a construir sillas de ruedas todo terreno.

“Mucha gente aquí en Nogales recibe sillas donadas de Estados Unidos, pero son sillas que no están diseñadas para operar en terrenos como los que tenemos aquí —en los cerros, en las calles con cuarteaduras”, señala Trujillo.

Mientras que las sillas siguen teniendo mucha demanda, Trujillo dice que se han sorprendido con la respuesta que ha tenido el programa de prótesis. Desde que inició en el 2013, la clínica ha ayudado a más de 100 personas. Y reciben de tres a cuatro casos nuevos cada semana.

“Hay mucha necesidad. Empezamos hace un año y sigue creciendo”.

Dándose por vencido

Sandra Yessenia es una de docenas de personas que acudieron a la clínica esa mañana. Algunas en sillas de ruedas, otras en muletas.

La mayoría de ellas han sido entrevistadas por Adalberto Rivera, el técnico protesista de planta, quien está sentado detrás de una mesa repartiendo números y revisando los expedientes de sus pacientes.

Entre ellos están una niña de ocho años con parálisis cerebral, quien espera recibir un aparato ortopédico, y un hombre que perdió ambas piernas en un accidente minero y está ahí para que le tomen medidas.

Necesita regresar a trabajar, dice. Regresar a la normalidad.

Rivera, de 34 años, sabe lo fácil que es caer en la desesperación para alguien que ha perdido una extremidad, especialmente cuando las presiones económicas se suman al daño.

Él tenía 23 años, casado y con un hijo —una vida normal— cuando perdió su pierna en un accidente de motocicleta.

Después de un mes en el hospital, estaba determinado a recuperar su movilidad. Aprendió a usar muletas y acudió al DIF para obtener una prótesis.

Le costaba 30 mil pesos, como 2 mil 300 dólares. Dinero que no tenía.

Pero sus amigos le ayudaron y pudo comprarse una pierna, una prótesis rígida más parecida a una barra de fierro. Pero por lo menos pudo regresar a trabajar.

Rivera trabajaba en una planta empacadora, de pie todo el día. Poco a poco, se volvía más doloroso usar la prótesis. Una noche se quitó la pierna y esperaba ver el sudor acumulado en el encaje, como siempre, pero esa vez era sangre. Se habían abierto sus puntos.

“Sentí que me quería morir”, dice. “Le pregunté a Dios, ¿por qué?”.

Al siguiente día puso una esponja y papel de baño en el encaje y regresó al trabajo. Pero el arreglo sólo fue temporal.

“Sentía que traía una braza en mi rodilla. Una braza de lumbre que me estaba quemando”.

Comenzó a usar drogas y alcohol conforme se hundía cada vez más en la depresión.

Le dijo a su esposa que se llevara al niño y se fuera a vivir con su familia porque él ya no podía mantenerlos. Desesperado, le dijo que se encontrara a otro. Decidieron separarse por tres meses.

Durante ese tiempo él siguió cortejándola. Borracho y drogado, le llevaba serenata y le decía cuánto la quería. Ella lloraba y decía que quería que regresara.

Pero parte del trato había sido que él cambiara.

“El problema no eran ellos, era yo mismo. Yo mismo me decía que no servía para nada, que era un estorbo para la familia. Sentía celos por cualquiera”, platica. “En poco tiempo perdí mi pierna, perdí mi trabajo y perdí a mi familia”.

Un cambio súbito

Sandra Yessenia iba a trabajar para ahorrar dinero y seguir estudiando. Quería estudiar enfermería o gastronomía.

Cuando despertó ese lunes sintiéndose mal y con fiebre, su madre la llevó al médico. Le dijeron que era un resfrío, le dieron antibióticos y la mandaron a casa.

Pero no se sintió mejor. Ese viernes su familia la llevó al hospital cubierta de salpullido. Le dijeron que tenía dengue hemorrágico, una enfermedad viral sin tratamiento.

Su condición empeoró y tuvieron que ponerle un respirador. Los médicos le dijeron a su madre que tal vez no sobreviviría.

“Estaba a punto de morirse. Me dijeron que tenía el uno por ciento de probabilidad de vida,” cuenta su madre. “Estaba en shock séptico y dijeron que de ahí es raro el que se salva”.

Pero Sandra Yessenia era fuerte y pasó tres semanas con el respirador. Para cuando médicos del Seguro Social la examinaron y se dieron cuenta de que era una infección por rickettsia — una condición bacteriana causada por una garrapata — ya era demasiado tarde.

Era necesario amputar sus piernas y sus dedos.

“Doy gracias a Dios que sobrevivió”, dice su madre. “Y ella no les tiene rencor a los doctores. A veces pasan las cosas”.

Por la oscuridad

La determinación y deseo de seguir adelante de Sandra Yessenia no son comunes, dice Rivera. Pero historias como la de ella y las acciones desinteresadas de aquellos que buscan ayudar son lo que lo inspiraron a él a hacer lo que hace.

Después de perder a su familia, decidió tratar de recuperar su vida. Pidiendo solamente un techo debajo del cual dormir, se hizo voluntario en un programa similar a ARSOBO en su natal Sinaloa.

Empezó haciendo de lo que se necesitara —barriendo, manejando, un poco de carpintería— y observó el impacto que podía tener la prótesis correcta. El agradecimiento y la felicidad que los pacientes expresaban fue una revelación para Rivera.

Inspirado, pidió convertirse en aprendiz del programa y así saber cómo construir una prótesis. También regaló su propia pierna a una anciana que no podía cubrir el costo. Cuando aprendiera lo suficiente, pensó, él mismo se armaría una pierna nueva.

Observó, estudió y empezó a practicar.

“Cuando hice mi pierna, yo anduve de arriba para abajo. Me lastimaba, me la quitaba y le tumbaba el bordito. Otra vez, a caminar. Me lastimaba, me la quitaba. Así hasta que logré caminar, logré andar en bici, logré andar en carro estándar, hasta bailar”, platica Rivera. “Y bailo bien”.

Eventualmente tomó cargo como técnico protesista en Sinaloa, donde estuvo seis años antes de ser contratado por ARSOBO.

Con la ayuda de material y técnicos de Hanger, una compañía nacional con oficinas en Tucsón que construye prótesis y órtesis, Rivera puede reusar partes en las prótesis que ARSOBO ofrece.

También comparte su experiencia con cualquier persona que acude al grupo y necesita más que ayuda física.

“Muchas personas me han contado sus historias. Hay parejas que me cuentan de problemas que hay entre ellos por la amputación, se sienten menos que otras personas”, dice Rivera. “Yo platico con ellos. La solución es tener paciencia y confianza. Yo pasé por lo mismo y yo sí lo perdí. Yo no quiero que ellos lo pierdan”.

Trabajando juntos

Aunado a Hanger, ARSOBO recibe apoyo de varias compañías y organizaciones de ambos lados de la frontera, incluyendo de varios colegios dentro de la Universidad de Arizona, el Club Rotario Internacional y la Fundación del Empresariado Sonorense.

Un día en la clínica está lleno de actividad, al tiempo que estudiantes de la universidad, técnicos de Hanger y voluntarios locales hacen su parte para que todo salga bien y los pacientes estén cómodos, aunque solamente sea asegurarse de que haya suficiente café.

“Son personas de ambos lados de la frontera —no sólo son los estadounidenses ricos que van a darles a los mexicanos, son los mexicanos aventándose y arreglando algo”, dijo el profesor Duncan.

El proyecto originalmente estaba en una escuela técnica pública, pero pronto después de que arrancó la clínica de prótesis fue aparente que necesitaban más espacio. Su ubicación actual fue donada sin renta, incluyendo servicios, por el Parque Industrial de Nogales (PINSA).

El programa está diseñado para cobrar por sus servicios, señala Duncan, con la idea de por lo menos recuperar costos.

El grupo ofrece una silla de ruedas todo terreno, la cual se vende a 900 dólares, por sólo 300 dólares. Una prótesis de pierna se vende entre 10 mil y 15 mil dólares, pero gracias a las partes recicladas de Hanger solamente se les pide a las familias que paguen 400 dólares.

Sin embargo, la mayoría de la gente sólo paga lo que puede.

“Queremos que paguen lo que sienten que pueden pagar y nosotros tratamos de conseguir subsidios para cubrir el resto”, dice Duncan. “Aun si no pueden pagar, está bien”.

Aunque el grupo tiene recursos limitados, hay grandes planes para el futuro, incluyendo ofrecer auxiliares auditivo solares y la construcción de un taller de prótesis sencillo en Nogales.

“Todo esto ha crecido de pronto”, comenta Duncan.

Esperanza para el futuro

Sandra Zazueta acaricia el brazo de su hija de vez en cuando, jugando con ella para mantenerla ocupada mientras esperan.

“Tengo miedo a caerme. Miedo de no poder utilizarlas. De tener que empezar de cero”, dice Sandra Yessenia mientras que los técnicos de Hanger entran y salen del cuarto.

“Siento miedo y a la vez felicidad”.

Luego, de pronto, llega la hora.

Voluntarios entran con sus piernas temporales, de medio tamaño, que usará para aprender a balancearse. Una vez que esté lista, cambiará a piernas más largas, tal vez el año que entra.

La levantan de su silla y le ayudan a pararse sobre sus nuevas piernas. Nerviosa, se mece sobre ellas, pero finalmente logra controlarse y se para con firmeza. Toma unos cuantos pasos y brilla de alegría.

Pronto es hora de ver sus manos.

Los técnicos le ponen un par de manos azules y le muestran cómo moverlas al flexionar su muñeca. Las ajustan y recortan, aprietan y acomodan, hasta que Sandra Yessenia puede cerrar sus manos con facilidad.

Al poco tiempo, las está usando para apretar una gaza enrollada, para quitar sus lentes de sol de su cabeza, para pasar los dedos de plástico azul por su cabello.

Se ríe y avienta un beso.

Su vida nunca será lo que fue antes de su enfermedad y aún le esperan años de terapia, señala su madre. Pero ver la felicidad de Sandra Yessenia le permite sentir el optimismo y gratitud de su hija.

“Le doy gracias Dios, que la salvó, y que Dios bendiga a esas personas que ayudan a los demás”, dice.

Antes de irse, los técnicos le dan a Sandra Yessenia una botella de agua de plástico para que la detenga. Ella sonríe y todos se ríen mientras que trata de desenroscar la tapadera.

“Todavía no”, dice.

Pero pronto.


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Contacta a Luis F. Carrasco al 807-8029 o en lcarrasco@tucson.com. En Twitter: @lfcarrasco.