Ruben Navarrette

SAN DIEGO — Durante la reunión de los demócratas en Philadelphia para su convención nacional, los latinos deben aceptar la dura verdad: El Partido Demócrata, por el cual tanto han hecho, no los ha correspondido.

De hecho, los latinos están siendo humillados por los demócratas, a los que consideraron de su lado –principalmente porque, cuando se trata de los latinos, los republicanos alternan entre lo profano y lo insultante.

Uno pensaría que una comunidad que brindó la mayoría de su voto a los demócratas en las últimas 14 elecciones presidenciales obtendría algo de respeto de los líderes del partido. Pero se equivocaría.

Gracias a mensajes electrónicos pirateados por WikiLeaks, sabemos que una funcionaria despistada del Comité Nacional Demócrata de nombre Rebecca Christopher –en un mensaje con fecha del 6 de mayo– utilizó displicentemente la referencia a una comida mexicana para describir los esfuerzos de extensión de los demócratas hacia los latinos. Christopher escribió a sus colegas:

“Adjunto el guión de un nuevo video que nos gustaría utilizar para obtener un poco más de participación de los del taco bowl y demostrar [que] Trump en realidad no lo está intentando”.

¿Y el Partido Demócrata está tratando de obtener votos hispanos? Con qué –más “participación de los del taco bowl?”.

Esa frase condescendiente e insultante es sólo de Christopher. Podría haber utilizado otras palabras para expresar su idea, pero escogió ésas.

Esa fijación con la comida resulta familiar. El Cinco de Mayo, Donald Trump se burló de los electores hispanos enviando por Tweet una foto de él comiendo un taco bowl con el pie de foto: “¡Amo a los hispanos!”.

Una demócrata candidata a la presidencia nunca diría algo tan insultante, ¿no es cierto? ¿Quieren apostar?

En 2008, durante su primer intento por llegar a la Casa Blanca, Clinton trató de inspirar a los hispanos en un restaurante mexicano de Las Vegas afirmando que los problemas de los estadounidenses están conectados, aunque “los tratamos como si uno fuera guacamole y el otro chips [de tortilla]”.

En el movimiento de los derechos civiles de la década de 1960, los afroamericanos sostuvieron carteles que declaraban: “Soy alguien”.

Hoy en día, los electores latinos deben sostener carteles que digan: “No soy el producto alimenticio preferido de nadie”.

Pero en cuanto a insultos, el desaire del taco bowl no fue lo peor que hicieron los demócratas a los latinos recientemente. El premio se lo lleva la misma Clinton por saltearse a Julián Castro, estrella ascendente del partido, y escoger como compañero de fórmula a Tim Kaine, a quien se describe generosamente como un tipo aburrido.

Personalmente, me alegra que un hombre blanco se lleve el trabajito. Nunca les toca nada.

Todo lo que hizo Castro fue hacer la campaña con Clinton, tratar de que fuera más popular entre los latinos, ayudar a que sea vista como “La Hillary”, defender sus chanchullos de los emails y no hacer caso a las investigaciones del Partido Republicano sobre los ataques de Benghazi, aduciendo que era una caza de brujas.

El secretario de Vivienda también elogió a Clinton durante una entrevista en violación de la Ley Hatch, que prohíbe actividad política partidista por empleados federales -incluso aquellos considerados para la candidatura a la vicepresidencia.

No estoy alterado porque hayan pasado por alto a mi amigo. Nunca esperé que Clinton lo escogiera. Sabía que era una broma.

Pero estoy furioso por la manera cínica, deshonesta y manipulativa con que el Equipo Clinton manejó el proceso de selección del vicepresidente. Hace seis meses, fuentes allegadas del Partido Demócrata me dijeron que Castro estaba fuera de la competición.

El motivo: Trump, que se muestra particularmente odioso hacia los latinos. Cuando quedó claro que el magnate de los bienes raíces de Manhattan iba a ganar la nominación republicana, también quedó claro que Clinton iba a obtener automáticamente entre el 70 y el 80 por ciento del voto latino. Ya no necesitaba a Castro.

Lo que necesitaba era una persona que la hiciera más aceptable para los hombres blancos de clase obrera. Entra en escena Kaine, quien estuvo cabildeando por el puesto casi todo el año. Para empeorar las cosas, la campaña de Clinton recogió una frase que el personal de Kaine en el Senado estuvo promoviendo durante meses –acentuando que Kaine habla español.

La idea era socavar a la competencia. Como muchos mexicoamericanos de segunda y tercera generación cuyos padres y abuelos fueron discriminados por no hablar inglés, Castro no habla español. ¿Y qué? Hoy en día, el 70 por ciento de los latinos habla inglés correctamente.

El mensaje a los republicanos: No todos comemos taco bowls. El mensaje a los demócratas: No todos hablamos español.

Entonces, si Castro estaba fuera de la competición hace meses, ¿por qué Clinton y otros demócratas siguieron mencionando su nombre frente a electores latinos, como una zanahoria frente al burro para que éste tire del arado? Eso es simplemente cruel.

¿Por qué? Porque cuando se habla de seres humanos en términos de taco bowls, los burros son un paso hacia arriba.


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La dirección electrónica de Rubén Navarrette es ruben@rubennavarrette.com. © 2016, The Washington Post Writers Group.