SAN DIEGO — Aparentemente con temor a ser eclipsados en el debate de la inmigración por el espectáculo itinerante de Donald Trump, los republicanos de la Cámara se preparan para entrar rápidamente en la discusión con una propuesta de ley, cuyo objetivo es principalmente fortalecer las medidas de seguridad fronteriza.
Naturalmente. Porque el trasnochado y unidimensional enfoque de “exclusivamente hacer cumplir la ley” ha funcionado tan bien hasta el momento.
Si los conservadores del Congreso quieren recuperar el debate del dominio de Trump, tendrán que presentar su mejor juego. Éste no lo es. Lo que la población desea en este debate no es compasión ni severidad, sino claridad, honestidad, responsabilidad y sentido común. Los republicanos de la Cámara no proporcionan ninguna de esas cualidades.
Hemos visto esta película tantas veces que memorizamos el diálogo. En los últimos 20 años, cada vez que los republicanos del Congreso intentaron ponerse duros con respecto a la inmigración ilegal, se quedaron atascados en el aspecto de la imposición de la ley y se concentraron sólo en la frontera. A su parecer, ése no es sólo el punto de ingreso de los inmigrantes sino también el fin de la discusión.
Aún así, los republicanos sólo tienen valor suficiente para proponer cosas fáciles como más murallas y cercas, agentes adicionales para la Patrulla Fronteriza y un trato más duro para los que son deportados. Evitan como si fueran minas todo castigo para los ciudadanos estadounidenses que contratan a inmigrantes ilegales para cortar su césped, cuidar de sus hijos o limpiar sus casa--un grupo en el que, supuestamente, figuran muchos de sus electores, seguidores y donantes.
Sin embargo, la inmigración ilegal, como las drogas ilegales, es un fenómeno impulsado por la demanda. Existe porque hay un mercado que la necesita. Si no nos concentramos en la demanda, podemos causar escándalos y aparecer en televisión pero nunca resolveremos el problema. Si cualquier ciudad de Estados Unidos desea declararse “zona libre de inmigrantes ilegales”, buena suerte. Pero no se sorprendan si todos los inmigrantes se mudan a otro lugar, si la economía sufre y la “zona libre de inmigrantes ilegales” se convierte en una “zona libre de trabajo”. Quizás sea por eso que los conservadores que apoyan la seguridad fronteriza prefieren hablar sobre cómo supuestamente Washington los ha decepcionado. Todo menos llamar delincuentes a las madres suburbanas. Después de todo, las madres suburbanas votan. Y la primera regla de la política es: Nunca perjudicar a alguien que pueda a su vez perjudicarnos.
Los republicanos echan dinero a la frontera de la misma manera en que los demócratas lo echan a los programas sociales, los vecindarios urbanos deprimidos y las escuelas públicas. A menudo con los mismos resultados deficientes.
Hace sólo 10 años, los republicanos quisieron crear también un programa de trabajadores invitados, que depende de trabajadores extranjeros temporarios para realizar tareas poco especializadas que los estadounidenses no desean desempeñar — cosechar duraznos, abrir ostras, poner alquitrán en los techos, limpiar caballerizas, etc. Pero eso fue antes de que muchos conservadores se dieran la vuelta, tomaran el veneno populista y comenzar a sostener que la inmigración ilegal socava a los trabajadores estadounidenses. Ahora casi no los oímos hablar sobre los trabajadores invitados. No importa. Los electores se sentirían confundidos al oír a los republicanos primero defendiendo a los trabajadores estadounidenses, y después apoyando el ingreso de trabajadores extranjeros poco especializados.
Todo lo que podemos esperar que propongan los republicanos con respecto a los empleadores es el falso requisito de que los que contratan participen en un programa del gobierno federal de verificación electrónica, que se supone debe decirles si un posible empleado está habilitado para trabajar en Estados Unidos. Pero también fastidiaron ese juego, retrasando en tres años la implementación de todo requisito para los puestos de trabajo agrícolas--el tipo de puestos ofrecido por agricultores y rancheros conservadores, que tienden a ser republicanos--y eximiendo de la verificación electrónica al empleador No.1 de los inmigrantes ilegales en el país: la familia estadounidense.
Admirable. Hasta los políticos que no tienen la menor idea de cómo legislar, son campeones en el arte de la supervivencia. Y con el Congreso y la inmigración, el juego es siempre el mismo: Parecer que uno hace algo sin crearse enemigos, sin causar barullo y sin convertirse en blanco.
Volviendo a Trump, el magnate bocazas viajó recientemente a Laredo, Texas, en la frontera mexicano-americana, para echar una buena mirada al problema de la inmigración--y obtener más publicidad. P.T. Barnum estaría orgulloso.
Aún así, Trump no es tan listo como cree. Aparte de las oportunidades para sacarse fotos podría haberse ahorrado el viaje. Podría haberse quedado en Nueva York o, para el caso, visitado cualquier ciudad de Estados Unidos. En esos lugares, fuera de las grandes tiendas-galpón, los inmigrantes ilegales esperan a ser recogidos por estadounidenses corrientes para realizar tareas que, de lo contrario, no se realizarían.
Eso no es política. Es la vida real. Y en el tema de la inmigración, una no se parece en nada a la otra.




