Tal como lo he hecho por los últimos 10 años, más o menos, el 2 de enero fui al cementerio Holy Hope a visitar a mis abuelos.
Había decenas de familias. Coloridos arreglos florales, tanto artificiales como naturales, marcaban las tumbas del cementerio católico en las calles North Oracle y West Prince. Era una mañana hermosa, exaltada con blancas nubes en un brillante cielo azul.
En esta ocasión, sin embargo, yo tenía una misión. Fui a la punta sur del cementerio, a donde están enterrados mis abuelos Josefa Villalobos Portillo y Erasmo Portillo Jurado. Aunque ya he escrito antes sobre los papás de mi papá, en realidad sabía muy poco de sus vidas en México.
Mi papá, Ernesto V. Portillo, me acompañó al camposanto para contarme la historia.
Quería saber más sobre mis abuelos. Los he tenido muy presentes por la creciente hostilidad que se está viendo contra los inmigrantes. Ya sea que vengan a este país con visas o que caminen cientos de millas en busca de seguridad y asilo, los inmigrantes son blanco de demagogos racistas, empezando por el presidente.
Dado que mis abuelos, paternos y maternos, así como mi papá, inmigraron de México, tomo los ataques nativistas como algo personal. Los inmigrantes de mi familia, y el sinnúmero de otros que he conocido, no eran secuestradores, ni rateros, ni vivían del gobierno ni lanzaban rocas.
Mis abuelos salieron de Ciudad Juárez, Chihuahua, cruzando por la línea a El Paso, Texas, a mediados de los años cincuentas. Vinieron a Tucsón después de que mi papá vino aquí. Eso lo conocemos ahora como “migración en cadena”, lo cual está bajo ataque del gobierno federal, y es como muchos tucsonenses han llegado aquí.
Mis abuelos necesitaron de un aval legal. Mi papá acudió a Ausencio Ronquillo, fundador de Ronquillo Bakery en el centro de la ciudad, la cual fue derrumbada durante la renovación urbana del centro. Ronquillo, quien vino de la misma región mexicana de Chihuahua, les firmó el documento.
Mis abuelos crearon su hogar en un pequeño departamento en Armory Park, en South Herbert Avenue, y después en un departamento en Menlo Park.
Mi abuelo trabajó para el condado, limpiando oficinas y baños, hasta que se jubiló a los 70 años. Murió siete meses después, en enero de 1964. Yo tenía 7 años. Mi abuela siguió en Menlo Park hasta su muerte en 1986, a los 90 años.
Su historia, sin embargo, empieza en el sur de Chihuahua. Mi abuelo nació en 1893 en la región ganadera y minera de Balleza; mi abuela nació en 1896 cerca de ahí, en San Francisco de Conchos. Cuando estalló la Revolución Mexicana en 1910, mis abuelos y sus familias se mantuvieron a salvo de la violencia, dijo mi papá.
Mi abuelo creció en un rancho, pero después de casarse y de que nacieran los hermanos mayores de mi papá, la familia se mudó a San Francisco del Oro, un viejo pueblo minero donde nació mi papá.
Ahí mis abuelos tenían una tiendita de abarrotes. Mi abuelo además construía casas de adobe y vendía heno y alfalfa, me contó mi papá. Y también entregaba la correspondencia gracias a un contrato con el gobierno y transportaba gente del pueblo hacia Parral, una ciudad minera más grande.
Cuando mi papá tenía unos 12 años, él y dos de sus hermanas mayores se fueron a vivir a Parral, para que mi papá y mi tía Ernestina, la segunda más chica, pudieran ir a la escuela. Mis abuelos y varios hermanos de mi papá se quedaron en San Francisco del Oro.
Había pasado la Segunda Guerra Mundial y la vida cambiaría, como lo sabía la familia de mi papá. Mis abuelos y parte del resto de la familia se fueron a Juárez, y mi papá pudo seguir su educación secundaria en El Paso, del otro lado de la frontera. Los hermanos mayores de mi papá ya estaban viviendo sus propias aventuras; tres de mis tías se fueron a vivir al área de Kansas City, Missouri.
A la familia no le gustaba la grande y bulliciosa ciudad fronteriza. Extrañaban la tranquilidad y la forma de vida de Parral y del pequeño San Francisco del Oro. Pero aparecieron oportunidades en la frontera y al norte de ella.
Después de terminar la escuela, mi padre empezó su carrera en la radio en Ciudad Juárez. No tenía ni 20 años de edad.
En marzo de 1954, tomó un autobús a Tucsón. Vino a una entrevista de trabajo en la primera radiodifusora en español de Tucsón, la KEVT. Nunca volvió a vivir en México.
Un par de semanas después, les escribió una carta a mis abuelos para pedirles su consentimiento para quedarse en Tucsón. Estuvieron de acuerdo. Dos años más tarde, ellos lo alcanzaron aquí.
“Tenían muchos buenos recuerdos de México”, dijo mi papá. “Pero eran muy felices en Tucsón”.



